CARTA DE DESPEDIDA

JUSTO ALDÚ

Después de diez años, amor, he tomado una decisión que jamás imaginé escribir.

Me marcho.

No porque haya dejado de quererte. Al contrario. Me voy porque hace mucho que dejé de reconocer al hombre que te quería. Vivir contigo se parece demasiado a rendir declaración ante un fiscal que ya redactó la sentencia antes de escuchar al acusado.

Diez años...

Dicen que el matrimonio fortalece la confianza. El nuestro la puso en peligro de extinción.

Si llego con chocolates, dices que quiero verte gorda, para irme con la flaca de enfrente de jeans ajustados.

Si llego con flores, preguntas desde cuándo te vi cara de jardinera.

Si compro un microondas, aseguras que mi sueño es esclavizarte entre ollas y sartenes.

Ya no sé qué regalarte. Estoy considerando envolverte una piedra. Tal vez concluyas que deseo construir juntos los cimientos de nuestra relación... o quizá me acuses de querer lapidarte. Contigo nunca se sabe.

Cuando trabajo horas extra para que no falte nada en casa, no dices: "Qué hombre tan responsable."

No.

Dices que tengo un segundo frente.

Curiosa expresión. Yo pensaba que mi segundo frente era el cansancio. Resultó que era una amante imaginaria con horario de oficina.

Llego rendido, con la espalda hecha trizas, y antes de preguntarme si cené o si sigo respirando, empiezas el interrogatorio.

—¿Dónde estabas?

—Trabajando.

—Eso lo diría cualquiera.

He descubierto que, para ti, la verdad tiene el grave defecto de parecerse demasiado a una mentira.

Recuerdo aquella vez en la playa cuando salvé a una joven de morir ahogada y la reviví con respiración boca a boca. Esperaste que volviera en sí para darme un puntapié justo ahí, donde más duele. Curioso, el que casi muere fui yo. Quedé sin aire… y tú, buscando ángulo para rematarme.

Ayer encontraste una mancha roja en mi camisa.

Sentenciaste:

—¡Lápiz labial!

Intenté explicarte que era salsa de tomate de la hamburguesa que me comí a las carreras.

Me miraste con una mezcla de lástima y superioridad, luego Zas…, allá va la gaznatada.

Supongo que también pensarás que los espaguetis son una organización criminal especializada en destruir matrimonios.

La semana pasada me quitaste las llaves del automóvil porque encontraste un pendiente igualito al que te regalé en nuestro aniversario.

No verificaste que era el tuyo. No, era el de la perra esa con la que me revuelco.

Debo admitir que tienes un talento extraordinario: eres capaz de encontrar pruebas antes que los hechos.

Si un día desaparece la luna, seguramente revisarás primero los bolsillos de mi pantalón.

He llegado al extremo de inspeccionarme antes de entrar en casa.

Huelo la camisa.

Sacudo el saco.

Reviso los bolsillos.

Verifico que no haya un cabello, una factura, un recibo del supermercado, un ticket del peaje o una servilleta o un pañuelo mal doblado que puedas confundir con un panty como el viernes pasado ¿Recuerdas? Casi me lo trago.

¡Estoy enloqueciendo!

Porque cualquier objeto cotidiano, en tus manos, termina convertido en una novela policiaca donde el asesino siempre soy yo.

Una vez estornudé.

Me preguntaste quién me estaba perfumando.

Otro día sonreí viendo el teléfono.

Era un meme de un perro disfrazado de policía.

Todavía sigo esperando que el perro venga a declarar a mi favor.

Ya no puedo decir que una compañera de trabajo se llama Ana, porque inmediatamente preguntas por qué pronuncio su nombre con tanta naturalidad.

¿Cómo quieres que lo pronuncie?

¿En latín?

¿Con subtítulos?

¿Solicitando permiso por escrito?

He aprendido que discutir contigo es un deporte de alto riesgo.

Si hablo demasiado, oculto algo.

Si hablo poco, oculto más.

Si me defiendo, soy culpable.

Si guardo silencio, también.

Has logrado lo imposible: convertir la lógica en prueba circunstancial.

Lo más triste no es que desconfíes de mí.

Lo más triste es que ya ni yo confío en la posibilidad de convencerte de lo contrario.

Hubo un momento en que intenté buscar ayuda espiritual. Pensé que quizá, si nosotros no encontrábamos la manera de salvarnos, al menos Dios podría mostrarnos el camino. Fui a nuestra iglesia, me senté frente al padre y le conté, con toda la humildad que todavía me quedaba, lo que estaba viviendo. Pero, por lo visto, el padre había encontrado su propia salvación en la botella. Me escuchó con los ojos medio perdidos, me dio unos cuantos consejos que olían más a whisky que a incienso y salí de allí con la misma angustia con la que entré… solo que ahora, además de perder la fe en nuestro matrimonio, empecé a sospechar que hasta el cielo había decidido ponerse de vacaciones.

Por eso me marcho.

No huyo de otra mujer.

Huyo de la sospecha permanente.

Del juicio sin abogado.

De la condena sin pruebas.

Del delito sin delito.

Me llevo mi ropa, mis libros, mi almohada y las pocas certezas que todavía conservo.

El automóvil se queda. No por generosidad.

Porque las llaves siguen secuestradas desde el famoso caso del pendiente reincidente.

Así que caminaré hasta la parada del autobús.

Quién lo diría.

Después de diez años de matrimonio, el único vehículo que todavía confía en mí es el autobús.

Mientras avance, al menos no me preguntará quién se sentó antes en el asiento del copiloto.

Te deseo sinceramente que algún día encuentres la paz que tanto buscabas revisando bolsillos, oliendo calzoncillos, camisas y descifrando manchas de kétchup como si fueras perito forense.

Y ojalá descubras que la confianza jamás apareció escondida detrás de una solapa.

Yo, por mi parte, salgo a buscar algo mucho más sencillo.

Un lugar donde una caja de chocolates sea solo una caja de chocolates.

Donde un ramo de flores no necesite declaración jurada.

Donde una hamburguesa pueda llevar tomate sin provocar un juicio oral.

Y donde el amor no tenga que presentar pruebas de existencia cada noche.

Adiós.

Ni modo, tendré que comprar playeras nuevas, las que tenía fueron víctima de tus tijeras y maldiciones.

No cierro esta puerta con odio.

La cierro con el alivio silencioso de quien, después de diez años de interrogatorio, por fin deja de ser el principal sospechoso de su propia vida.

JUSTO ALDÚ © Derechos reservados 2026

* Esta es una situación totalmente hipotética, salida de la imaginación. Nada es real.

  • Autor: JUSTO ALDÚ (Seudónimo) (Offline Offline)
  • Publicado: 8 de agosto de 2026 a las 08:52
  • Categoría: Cuento
  • Lecturas: 1


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