Fuego lento

Alberto Escobar

 

 

No a lo fácil, a tirar del mismo hilo, siempre listo en el cajón,
contar más o menos lo mismo, la misma arquitectura, armazón.  
Voy a pararme a pensar, elegir un camino de cientos, sorprenderte, 
agradecerte tu tiempo, tu esfuerzo, que llenes de metralla un cañón
diario que no bombardea, más bien petardea.
No, no más, y doy una vuelta de tuerca —Henry James dixit— a esta
cosmovisión barata, a este dubitativo tenderete en el que me albergo
para escribirte, para escribirme.  
Retiro enérgico todo lo susodicho, tómalo como un giro artístico
—o inartístico si así te parece—, porque concibo ahora —ya lo concebí
otra vez que me paré a pensar— que escribir, cuando se hace hábito,
es como cualquier otro hábito, se cosifica, corre grave riesgo de hacerse
monótono, hasta tedioso, inapetecible..., y variar, si se puede, se hace ley,
y caigo en que escribir y comer nacen del mismo manantial; la dieta debe 
ser variada: algo de poesía para el desayuno, a media mañana una tacita
de relato, de merienda algo de ensayo sesudo y para terminar una novela 
somnífera, de noche, que el sueño se cueza a fuego lento. 

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