El Volcán de Fuego
No fue una tarde.
Fue la antigüedad de la tierra
abriendo de improviso
su libro de llamas,
desgarrando la corteza del tiempo
con una voz tan antigua
que las montañas inclinaron sus cumbres
para escuchar el mandato
del fuego.
Desde el fondo del planeta
subió un animal de lava,
una respiración inmensa,
una lengua de roca encendida
que venía escribiendo
su destino
desde antes de que existieran
los hombres,
los caminos,
las aldeas
y el primer grano de maíz.
Todo ocurrió
con la velocidad del relámpago
y con la lentitud
de una eternidad.
La luz se volvió oscura.
El mediodía
comenzó a parecer medianoche.
Los pájaros
olvidaron el cielo.
Los perros
buscaron inútilmente
el olor de sus amos.
Las campanas,
si alguna alcanzó a sonar,
fue solamente
para anunciar
que la muerte
había aprendido
a caminar sobre la tierra.
Entonces el volcán
descendió convertido
en un río sin agua,
en un océano sin olas,
en un ejército de brasas
que no conocía
el significado
de la misericordia.
Las casas,
levantadas con años de trabajo,
fueron apenas
hojas secas
frente al aliento
de aquel gigante.
Los árboles
ardieron de pie,
como viejos centinelas
que se negaban
a abandonar su puesto.
Las piedras
volvieron a recordar
el instante remoto
en que también ellas
nacieron del fuego.
Y la tierra,
esa madre paciente
que durante siglos
alimentó cosechas,
abrió de pronto
un vientre abrasador
para guardar
a sus hijos.
No hubo despedidas.
No hubo tiempo
para cerrar una puerta,
para recoger un retrato,
para besar una frente,
para decir
la sencilla palabra
que tantas veces
dejamos para mañana.
Quedaron las mesas servidas.
Las camas esperando.
Los juguetes
con la infancia detenida.
Las ventanas abiertas
mirando un camino
que jamás volvió
a llenarse de pasos.
¿Quién recogerá
el último latido
de aquellos corazones?
¿Quién podrá contar
las lágrimas
que nunca alcanzaron
a salir de los ojos?
¿Quién pesará
el silencio inmenso
que dejaron las voces
sepultadas bajo la ceniza?
No existe balanza.
No existe idioma.
No existe reloj
capaz de medir
el tamaño de una ausencia.
Porque hay dolores
que no pertenecen
a un solo hombre.
Hay dolores
que se convierten
en la respiración
de un pueblo entero.
La ceniza cayó
sobre los techos,
pero también
sobre los nombres.
Cubrió los retratos,
los cuadernos escolares,
las semillas guardadas
para la próxima lluvia.
Entró en las iglesias.
Entró en las cocinas.
Entró en los pulmones
de la memoria.
Y durante muchos días
el viento
no llevó perfume de bosque,
sino el sabor metálico
de una tristeza
que parecía no terminar nunca.
Sin embargo…
La tierra,
esa vieja madre
que conoce el secreto
de todas las muertes,
también conoce
el milagro
de todos los nacimientos.
Debajo de la ceniza
la semilla
permanece despierta.
Debajo del dolor
late todavía
el corazón obstinado
de los sobrevivientes.
Ellos caminan.
Llevan en los ojos
la noche del incendio.
Llevan en las manos
el peso de los ausentes.
Pero siguen caminando.
Porque la vida
es una raíz
que atraviesa la roca.
Porque la esperanza
es un árbol
que aprende a crecer
entre las heridas.
Y llegará un día
en que la lluvia
lavará lentamente
el rostro de la montaña.
Las primeras flores
volverán a desafiar
la ceniza.
Los niños
volverán a perseguir
mariposas
donde hoy sólo habita
el recuerdo.
Entonces,
los nombres
de quienes quedaron
abrazados para siempre
por el Volcán de Fuego
no serán únicamente
una lista de muertos.
Serán la raíz profunda
de la memoria.
Serán el maíz
que vuelva a levantarse.
Serán el agua
que regrese a los barrancos.
Serán el viento
pronunciando despacio
cada uno de sus nombres
para que Guatemala
no los olvide jamás.
Porque mientras exista
una sola voz
capaz de recordar,
ninguna ceniza
podrá sepultar
la dignidad de los que partieron.
Y el viejo Volcán de Fuego,
gigante de piedra,
de silencio
y de llamas,
seguirá levantándose
sobre el horizonte,
no solamente
como la montaña
que un día rugió,
sino como el inmenso testigo
de la fragilidad humana,
de la fuerza de la tierra
y de la invencible memoria
de un pueblo
que aprendió a llorar
sin dejar de sembrar
esperanza.
—Luis Barreda/LAB
Tujunga, California, EUA
Junio, 2018.
-
Autor:
Luis Barreda Morán (
Offline) - Publicado: 5 de agosto de 2026 a las 00:34
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 5

Offline)
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