Anatomía de la ausencia

Alexandra Quintanilla

Honestamente, era cuestión de tiempo…
Sobre lo banal: eras tú entre mis muslos y yo sobre tu pecho.
Pero, más allá de la superficialidad de querernos, había un eco.
Lo sé. Puedo entenderlo. He estado con las dos manos abiertas, las palmas sobre el rostro, preguntándome cosas que quizá nunca tengan respuesta. En otras ocasiones, con las manos unidas y de rodillas, preguntando aquello que tú, humanamente, no podrías contestarme.
Es, más bien, una especie de desorden minucioso en mi cabeza.
Porque…, bueno, siempre ha sido así. Siempre he querido ser normal, porque creo que esta especie de persona que intenta aparentar que nada le importa termina explotando. Y es entonces cuando no le encuentro forma ni circunferencia a las cosas redondas.
¿Y qué era lo nuestro? ¿Una especie de círculo vicioso? ¿Me quisiste más allá de la materia?
Porque puede que yo sí te haya amado más allá de tu sonrisa.
No me habrían importado determinadas cosas de ti: tu necesidad constante de tener la razón o el deseo de que yo fuera distinta de quien soy. Pero, bueno, por algo ocurren las circunstancias. Quizá me salvaste de tener que salvarme a mí. De tener que decidir entre ti y lo que soy.
Eso no significa que no te extrañe cuando cae la noche y recuerdo que esa era nuestra hora. Supongo que el tiempo pasa, que las letras siguen naciendo y que, en determinada medida, la edad, los sentimientos y el tiempo nunca coincidieron para provocar ese hecho capaz de fusionar nuestros tiempos.
Que quizá yo te quise más, puede ser. Que lo expresara menos; bueno, quizá no soy de las que dicen tanto. Eso es un hecho.

Mi entorno era tétrico. Le tenía miedo al sentir, supongo que manejaba una especie de ideal que si te hacía vulnerable y, yo, por estúpida que sonara tenía un ego que deseaba ser indestructible, porque, estaba perdiendo a quienes amaba bajo esas leyes que la naturaleza impone cuando decide esparcirnos en la nada y una, no puede hacer más que cruzar los brazos y esperar a que suceda. Era normal que intentara disminuirnos.
Cuando te busqué para apoyarme en ti y huiste, entendí que no era tu culpa. Solo puedes ofrecer aquello que sientes, y era comprensible que no quisieras permanecer en esta órbita de la que apenas ahora comienzo a recuperarme, de la que apenas comienzo a ser capaz de afrontar. 
Eso no significa que te odie. Tampoco que te quiera menos.
Que hubiera solo tacto entre los dos, que las yemas de mis dedos recorrieran tu espalda y que tus besos encontraran mis labios nunca fue garantía de lo eterno. Éramos solo dos humanos jugando a la alquimia y a la anatomía con las que la soledad intenta convencerse de que tiene compañía.

¿Sabes? Yo lo sabía, incluso antes de que empezara el juego. Desde pequeña fui entrenada para los desalojos, para que fácilmente dejaran de quererme por ser quien soy. Sin embargo, haber estado preparada desde siempre no hace que las despedidas duelan menos. El tiempo no amortigua las tristezas; las embotella en recipientes vacíos que una arroja al mar, y el mar termina devolviéndolos, uno tras otro, hasta que ya no sabes qué hacer con tanta verdad, que pesa más que el agua que se ha filtrado en cada botella.
Pero sé que estás ahí, siendo tú, a tu manera. Nunca pretendí cambiarte. Habría estado contigo en las buenas y en las malas; o quizá el sentimiento habría disminuido. Contra lo que pudo haber sucedido, una nunca sabe. Pero creo que, entre la escasez y la abundancia, más allá de lo que frente al espejo nos parece joven y reluciente, había una esperanza que me hacía sentir que ahí estarías. Sin embargo, ahora entiendo que extrañarte y saber que habitas en cualquier parte menos aquí termina por aminorar el pesar de tu ausencia.
Porque, sobre las ausencias, no es lo mismo extrañar a alguien de quien sabes que continúa viviendo su vida, entre la gloria o el caos, que despedir a alguien bajo la promesa de reencontrarse en una incógnita de la que no tenemos certeza. Una lápida me hace pensar que extrañar es un proceso inmenso cuando la muerte llega. Es no volver a hablar sobre conversaciones triviales. Es recordar, en mitad del día, pequeños fragmentos de momentos compartidos desde que tenemos conciencia. Como cuando, de la nada, me cepillo los dientes por la mañana y recuerdo que ella decía que así no se hacía; entonces su voz vuelve para corregirme y termino haciéndolo como ella suponía que era la forma correcta, pero ahora llorando, porque su voz solo rebota en mi memoria.

Quisiera contártelo. Pero sé que quizá no querrías escucharlo. Entonces termino por romperme en el silencio de los libros, de un lápiz y de mi libreta, y comprendo que fui rediseñada para que mis sentimientos fueran siempre cosas por solucionar; solamente mías. Supongo que eso es crecer. Comprendo que esta es la etapa del entendimiento. Todo mientras miro hacia esos faroles que los humanos llaman estrellas y que Dios dispuso ahí como lunares sobre el cuerpo oscuro del cielo inmenso, donde el viento revuelve las nubes y mece las hojas de los árboles sobre mi cabeza.

  • Autor: AleQ (Seudónimo) (Offline Offline)
  • Publicado: 4 de agosto de 2026 a las 13:48
  • Categoría: Sin clasificar
  • Lecturas: 4
  • Usuarios favoritos de este poema: Nelly Cevallos - Liora


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