Dos miradas se buscan en la estancia
sin más peso que el hilo que las une.
Un crujido limpio en la madera,
la certeza callada de encontrarnos.
Llegas con la sencillez exacta del aire,
entregando la calma de tu cuerpo sobre el suelo,
mientras la luz de la tarde cruza la casa
y se detiene en silencio entre nosotros.
Te ofrezco la pausa de mi mano,
el refugio tranquilo donde la prisa se deshace,
y en ese gesto breve, rozando tu existencia,
siento la redonda tibieza de tu piel.
Tú traes de vuelta la inocencia del instante.
Escuchas mis pasos al otro lado de la puerta,
apoyas el hocico en mis rodillas
y abres el día como si fuera el primero.
El rumor leve de tu respiración
va acomodando la penumbra a nuestra sombra.
Apoyo la palma sobre tu lomo
y dejo que la tarde se quede quieta.
Antonio Portillo Spinola ©
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Autor:
Spinoport (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 4 de agosto de 2026 a las 11:15
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 9
- Usuarios favoritos de este poema: Antonio Pais, Una voz, Salvador Santoyo Sánchez

Offline)
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