LAS CICATRICES QUE NUNCA APRENDIERON A DESAPARECER
Hay historias que nacen envueltas en amor. La mía nació envuelta en preguntas.
Allá por el año 1984 llegué al mundo, o al menos eso dicen los papeles. Éramos cinco hermanos, todos varones. Cuando uno nace cree que la vida es un regalo, que la infancia es un paraíso lleno de abrazos, juegos y protección. Creía que el mundo era un lugar mágico donde los padres cuidaban de sus hijos y donde la familia era el refugio más seguro.
Pero mi historia jamás fue un cuento de hadas.
Fue una película de terror. Una historia de suspenso, abandono y silencios que todavía resuenan dentro de mí.
Un día mi padre desapareció como por arte de magia. Poco después, mi madre decidió hacer lo mismo. Eligió otro camino, otra vida, dejando atrás a cinco niños que jamás entendieron por qué quienes les dieron la vida también fueron los primeros en abandonarlos.
Cinco pequeños esperando una respuesta que nunca llegó:
¿Qué iba a ser de nosotros?
¿Quién iba a protegernos?
¿Quién nos iba a abrazar cuando tuviéramos miedo?
Las preguntas crecían mientras las respuestas nunca aparecían.
Hasta que un juez decidió nuestro destino.
Nos separaron.
Cada uno fue enviado con distintos familiares, como si fuéramos piezas de un rompecabezas que nadie quería completar. Aquella fue la última vez que estuvimos realmente unidos como hermanos.
Mientras tanto, seguíamos esperando.
Esperando que nuestros padres aparecieran por la puerta.
Esperando escuchar un "volvimos por ustedes".
Esperando un abrazo que jamás llegó.
Con el paso del tiempo descubrí que el verdadero terror no era haber sido abandonado. El verdadero terror era crecer sintiéndome solo aun estando rodeado de gente.
Conocí el maltrato.
Conocí el abuso.
Conocí el desprecio.
Y lo más doloroso fue descubrir que quienes debían protegerme nunca lo hicieron. Siempre creían la palabra de los demás antes que la mía. Mi voz no tenía valor. Mi dolor parecía invisible.
Mientras mi infancia se rompía en pedazos, la verdad seguía escondida.
Años después descubrí que toda mi vida había estado rodeada de mentiras. Crecí creyendo que solo tenía un hermano menor, pero la realidad era otra. Existían más hermanos. Existían más historias ocultas. Mi propia familia decidió callar la verdad durante años.
No solo me habían abandonado.
También me habían robado el derecho de conocer quién era realmente.
Cuando crecí decidí irme.
Necesitaba escapar de aquel lugar donde nunca encontré paz.
Construí mi propia vida.
Me casé.
Tuve hijos.
Intenté formar la familia que siempre soñé tener.
Pero ese matrimonio también terminó.
Después conocí nuevamente el amor. Creí que, por fin, el pasado había quedado atrás. Pensé que las heridas estaban cerrando y que la felicidad empezaba a asomarse.
Pero otra vez la historia parecía repetirse.
Cuando uno ha vivido rodeado de dolor, muchas veces el terror encuentra nuevas formas de regresar.
Entonces ocurrió algo que jamás imaginé.
Después de treinta y dos años apareció mi hermano mayor para decirme una frase que cambiaría nuevamente mi vida:
—Ella vive.
Y también me dijo:
—Tenemos más hermanos.
Después de treinta y dos años apareció la mujer que me dio la vida.
Me miró y pronunció palabras que cualquier hijo soñaría escuchar.
"Hijo, te amo."
"Hijo, te extrañé."
Pero aquellas palabras ya no tenían fuerza.
El viento se las llevó antes de llegar a mi corazón.
Porque el amor no desaparece durante treinta y dos años.
Porque el amor busca.
Porque el amor protege.
Porque el amor no abandona.
Yo la había buscado durante años mientras escribía mi novela intentando reconstruir mi historia.
Ella había cambiado hasta su nombre.
Había construido otra familia.
Y les había dicho a sus otros hijos que eran los únicos.
Como si nosotros nunca hubiéramos existido.
La conocí.
La escuché.
Pero jamás pude perdonarla.
Y quizás nunca pueda hacerlo.
Muchos me llaman rencoroso.
Muchos dicen que debo perdonar para sanar.
Pero siempre me hago las mismas preguntas.
¿Qué debo sanar?
¿Quién borra los golpes?
¿Quién hace desaparecer los abusos?
¿Dónde escondo las cicatrices que todavía llevo en mi cuerpo y en mi alma?
¿Por qué debería fingir un perdón que no siento solo para que los demás estén tranquilos?
No soy esa clase de persona.
No voy a mentirme a mí mismo para satisfacer la conciencia de quienes nunca estuvieron cuando más los necesité.
Con los años también me alejé de la mayoría de mis familiares.
Cuando necesité una mano, encontré puertas cerradas.
Cuando necesité protección, encontré silencio.
Hoy hace más de treinta años que muchos de ellos dejaron de existir en mi vida.
Si los veo, son desconocidos.
Si me hablan, respondo por educación.
Pero el vínculo murió hace mucho tiempo.
Aprendí que muchas veces la peor traición no viene de un extraño.
Viene de la propia sangre.
También descubrí que una pareja puede traicionar.
Que una amistad puede decepcionar.
Por eso muchas veces elegí la soledad.
Porque la soledad no promete lo que después rompe.
Porque la soledad no traiciona.
Porque la soledad, aunque duela, al menos nunca miente.
Hace un tiempo decidí volver a creer en el amor.
Abrí nuevamente las puertas de mi corazón.
Pero, como tantas otras veces, aparecieron personas llenas de veneno para intentar destruir aquello que con tanto esfuerzo había reconstruido.
Aun así, sigo creyendo que amar no es un error.
El error es confiar en quien no valora un corazón sincero.
Siempre dije que el día que me toque partir no quiero un funeral lleno de personas llorando.
No quiero lágrimas falsas.
No quiero abrazos de compromiso.
No quiero palabras bonitas dichas demasiado tarde.
Así como me dejaron solo cuando era un niño, también quiero irme solo.
Porque el amor verdadero se demuestra en vida, no frente a un cajón.
A pesar de todo...
Nunca dejé de luchar.
Jamás conocí la suerte.
Conocí el esfuerzo.
Conocí el sacrificio.
Conocí el éxito que solo consiguen quienes se levantan una y otra vez después de caer.
Soy un luchador.
Y cada día sigo peleando por construir una vida mejor, aunque mi corazón todavía cargue heridas que nadie ve.
Mi nombre es Quinteros Fabián.
No escribo estas palabras para despertar lástima.
Las escribo para liberar un peso que llevo desde niño.
Las escribo porque durante demasiado tiempo guardé silencio.
Las escribo porque mi historia merece ser contada.
Y si algún día alguien lee estas líneas, quiero que entienda una sola cosa.
No todos los finales felices empiezan con un perdón.
Algunas personas encuentran paz poniendo distancia.
Otras la encuentran diciendo basta.
Y otras, simplemente, sobreviven.
Hoy solo necesito una cosa.
El abrazo de mi Nona.
Porque ella conoce el dolor que escondo detrás de mi sonrisa.
Ella sabe cuántas lágrimas aprendí a callar.
Ella nunca necesitó escuchar rumores para conocer mi verdad.
Yo sé amar.
Siempre supe amar.
Pero también aprendí que no todas las personas merecen entrar en mi corazón.
Por eso dejo que hablen.
Que inventen.
Que juzguen.
No necesito convencer a nadie.
El tiempo siempre termina poniendo a cada persona en el lugar que le corresponde.
Esta carta no es un grito de odio.
Es el testimonio de un hombre que sobrevivió al abandono, al maltrato, a las mentiras y a las traiciones.
Es la voz de un niño que nunca dejó de esperar un abrazo.
Y es también la voz de un hombre que, a pesar de todo, sigue de pie.
Porque podrán haber roto muchas partes de mi vida.
Pero jamás pudieron romper mis ganas de seguir luchando.
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Autor:
Quinteros Fabian (
Offline) - Publicado: 3 de agosto de 2026 a las 13:58
- Categoría: Carta
- Lecturas: 5
- Usuarios favoritos de este poema: Nelly Cevallos - Liora

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