El odio viaja por las venas mudas,
despierta el ansia de romper cadenas,
alimentando las eternas dudas
que van llenando el corazón de penas.
La furia estalla sin pedir ayudas,
rompiendo el lazo de las almas buenas,
y cuando el fuego al fin se desvanece,
solo el desierto del error florece.
El pecho quema con el fuego vivo,
se enciende el labio con el grito fiero,
el ciego impulso nace vengativo
y rompe el alma como duro acero.
No atiende a la razón el ser cautivo,
que desata un veneno traicionero
en el abrazo de su propia hoguera,
dejando en su furia que la paz muera.
Domina el monstruo de la rabia extrema,
enciende el viento con su aliento oscuro,
es una llama que la carne quema
y derriba el pilar del templo duro.
No queda calma con su gran dilema,
ni queda pacto, ni rincón seguro,
combate ciego que destruye el nido
y deja el sino en el dolor hundido.
Retumba el eco de la voz violenta,
se nubla el juicio con la saña fría,
la mente cede ante la gran tormenta
perdiendo el rumbo en su letal porfía.
El ciego impulso del rencor aumenta,
dejando el alma en la penumbra umbría,
es un torrente de mortal locura
que solo arrastra la verdad más pura.
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