Cada amanecer armaba mi alma con palabras,
pulidas como piedras que el río no rompe,
buscando en tu mirada el eco que no hallaba,
la respuesta que mis labios siempre esperan.
Aprendí el camino de tus pasos lentos,
memoricé el ritmo de tu respiración tranquila,
ofrecí mis inviernos, mis verdes primaveras,
todo lo que soy, todo lo que aún me queda.
Te escribí cartas que el viento no entregaba,
te dije secretos que nadie más ha oído,
esperé en las esquinas, en los días y las noches,
creyendo que el cariño se gana con lo dado.
Pero el amor no es campo que se labra y siembra,
ni premio que se gana con esfuerzo y constancia:
es llama que nace o jamás se despierta,
es río que corre sin pedir la distancia.
Me dije: una vez más, quizás hoy sea el día,
quizás hoy veas lo que llevo en el pecho,
pero tus ojos miran hacia otro horizonte,
y mi voz se pierde en el aire desolado.
Conté cada rechazo como lección aprendida,
creí que con más tiempo se abría tu puerta,
sin saber que las puertas del alma no se fuerzan,
ni se entran por fuerza, ni se ganan con quejas.
Hoy bajo los brazos, no por falta de amor,
sino por entender la ley de este sentimiento:
amar también es saber soltar lo que no es nuestro,
respetar tu verdad aunque me duela el aliento.
No es derrota esta calma que me llega ahora,
es sabiduría que nace de tanto esperar:
el amor no pide que te entregues a quien no siente,
sino que te guardes para quien te quiera hallar.
Te llevo en el alma como un sueño lejano,
como una luz que ya no guía mi camino,
y en este silencio al fin me reconozco:
amarte fue mi modo de aprender a ser yo mismo.
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Autor:
Fabrizio (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 2 de agosto de 2026 a las 09:03
- Categoría: Gótico
- Lecturas: 9
- Usuarios favoritos de este poema: Antonio Pais
- En colecciones: Melancolia.

Offline)
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