Recapcha: Si soy un robot
Con el mismo entusiasmo con que se levanta una promesa, un buen día decidí construir un gallinero. Metí en él tres gallinas bajo la firme determinación de que no les faltara absolutamente nada. Les instalé a la sombra un gran bidón de agua conectado a un bebedero con boya para que siempre dispusieran de agua fresca. Coloqué un comedero de silo que rellenaba periódicamente con pienso, para su libre disposición de alimento, y cada día les arrojaba cáscaras de fruta y restos vegetales entre los que rebuscaban con sus patas, felices de encontrar en la rutina el placer de una conquista diaria. Con piedras y paja fabriqué dos nidos, evitando así colas en el momento solemne de la puesta. Por último, en un pequeño refugio de piedra cubierto con uralita, encajé un palo de pino entre 2 muros para que pudieran dormir elevadas del suelo, además de potregerse de la lluvia, del calor abrasador y del frío invernal. Semanalmente les limpiaba el dormitorio, el comedero y el bebedero, renovando la paja con la satisfacción de quien cuida un pequeño reino.
Todo salió según mis previsiones. Su plumaje fue adquiriendo un rojo tan intenso que, bajo el sol de la tarde, más parecían llamas con pico que simples gallinas. Casi a diario encontraba en los nidos tres huevos magníficos, protegidos por una cáscara cobriza tan dura que en más de una ocasión me vi en la obligación de coger el martillo para romperla. Aquella prosperidad confirmaba mi propósito: ofrecerles un hogar seguro y apacible para sacarles el mayor rendimiento posible. Creí haber descubierto un pacto tácito entre el cuidado y la abundancia; una forma elemental de hospitalidad en la que todos salíamos ganando.
Así transcurrieron casi 2 años, hasta que una de las gallinas comenzó a espaciar sus puestas. Donde antes había un huevo diario, ahora aparecía uno cada 2 o 3 días. Pensé que había llegado el momento de convertirla en un delicioso cocido, pues había dejado de serme rentable. Sin embargo, antes de despedirla decidí comprar una gallina joven para ir renovando la plantilla. Fue entonces cuando el gallinero me reveló una verdad que ningún manual de avicultura me había enseñado: las 3 gallinas veteranas se avalanzaron sobre la recién llegada con una ferocidad inusitada. No la picoteaban en el lomo ni en la cola, sino directamente en la cabeza, donde el dolor ejerce su efecto más intenso e inmediato.En un principio, yo no alcanzaba a comprender aquella hostilidad. En el gallinero había espacio de sobra para 4 gallinas y para 10 más, el pienso rebosaba en el silo y el agua nunca escaseaba. Aún así, cada vez que la nueva se acercaba al comedero o al bebedero, las otras acudían con renovada violencia para expulsarla.
Entonces comprendí que aquellas aves habían dejado de considerar el gallinero como un lugar donde vivir en paz para verlo como una propiedad. Habían confundido el uso con la posesión, el hábito con el derecho, y defendían como suyo aquello que nunca les había pertenecido. Me acerqué a ellas un par de veces y señalándolas con el dedo como un juez indignado, les recordé que el gallinero era mío y no de ellas, y que si continuaban acosando a la recién llegada, las 3 terminarían, sin apelación posible, dentro de una olla. Naturalmente, ignoraron mis amenazas con la misma indiferencia con la que los poderosos suelen ignorar las leyes que no les convienen. De no intervenir, estoy convencido de que habrían acabado matando a la pobre gallina joven.
Tras varios días de inútiles intentos, se me ocurrió una idea tan absurda que no podía fallar. Decidí disfrazar a la gallina nueva de turista, y así, le puse una peluca rubia, le sujeté en un ala una maleta con ruedas y le colgué al hombro una cámara de fotos. Desde aquel instante, ninguna volvió a dirigirle un picotazo más. Incluso me atrevería a afirmar que se apartaban para dejarla comer o beber la primera, y mientras las obserbaba convivir bajo una paz tan armoniosa, comprendí al fin que la hospitalidad es una extraña virtud.
-
Autor:
Robotín (
Offline) - Publicado: 1 de agosto de 2026 a las 09:06
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 10
- En colecciones: Volatilidad gallinácea.

Offline)
Para poder comentar y calificar este poema, debes estar registrad@. Regístrate aquí o si ya estás registrad@, logueate aquí.