LA SEÑORA DE LOS RATONES

Lourdes Aguilar


AVISO DE AUSENCIA DE Lourdes Aguilar
En cada oportunidad que se presente estaré con ustedes
Mientras haya vida habrá poesía

La flauta es el instrumento más sencillo de aprender, por eso y para rememorar mis años de colegiala adquirí una, solo para darme cuenta de que mis dedos y mi boca no se sincronizaban armoniosamente, pero eso no me importó, yo me esforzaba por interpretar lo mejor posible los tutoriales en youtube. Al principio no relacioné mis delirios de flautista con un fenómeno que si bien se venía presentando, de un tiempo para acá se agudizó preocupantemente: en la colonia los tiraderos clandestinos siempre habían sido un problema a pesar de que los servicios de recolección pasaban con relativa frecuencia, pero eso no evitaba que vehículos ajenos a la región vaciaran sus desperdicios en lotes baldíos incluso si había viviendas alrededor, eso propiciaba, obviamente malos olores y proliferación de fauna nociva que tratábamos de controlar de la mejor manera; los vecinos solían tener perros o gatos como mascotas que de alguna manera evitaban el ingreso de ratones y serpientes a las casas, en mi caso tengo todavía tres perros con el instinto cazador bien desarrollado, eso comprobado con algunos cadáveres de tlacuaches que tuvieron la desgracia de ingresar a mi patio en la madrugada, los curiosos gatos que debí rescatar esporádicamente y algunos roedores a quienes no les bastó se tamaño ni su velocidad para escapar de sus colmillos.

 Pero a partir de mis prácticas musicales los ratones empezaron a proliferar a pesar de la continua vigilancia de mis canes; como dije al principio no relacioné el fenómeno al momento, simplemente creía que era un temporada de reproducción excepcional y recurrí a otros métodos para evitar una plaga que se presentó inevitablemente por más trampas y venenos que colocara  (ya de por sí me era muy molesto limpiar los excrementos que aparecían en gavetas, ollas y superficies, proteger meticulosamente lo alimentos que en cualquier descuido amanecían mordisqueados, escuchar movimientos en las noches detrás del refrigerador o en las alacenas, etc.) El miedo a alguna enfermedad contagiosa y mi sentido de la higiene me tenían en un estrés constante, hasta que una noche, contrario a mis costumbres de practicar de día, tomé la flauta y me puse a tocar una de mis melodías preferidas, por el rabillo del ojo podía distinguir movimientos cautelosos, bultos pequeños que se arremolinaban en el umbral, pero estaba tan concentrada que no le di importancia hasta que el grupo se hizo demasiado numeroso como para pasar por alto y, efectivamente era un grupo de ratones que me espiaban atraídos si lugar a dudas por la música producida por mi flauta, seguí tocando por inercia pues la impresión me rebasaba y necesitaba urgentemente comprobar lo innegable: yo misma había ocasionado la plaga con mi instrumento. Después del pasmo inicial , el miedo, el enojo y la decepción me invadieron y en un impulso violento tomé con fuerza la flauta y le aventé contra el grupo de ratones que se esfumaron ilesos en un santiamén mientras mi inocente flauta se partió quedando inservible, esa noche no dormí entre el coraje y la preocupación, yo sin quererlo convertida en un imán para ratones y quién sabe si alguna otra alimaña con solo tocar la flauta, yo, una persona común y corriente atestando mi casa de roedores tan solo por satisfacer mis deseos musicales ¡Qué injusto! Si mis vecinos se enteraban seguro no sería la flautista de Hamelin sino la flautista del Hazmerreir de la colonia, de hecho, quién sabe si todos esos animalejos que presenciaron mi ejecución provenían no solo de los baldíos sino también de otras casas, ¿y si me ofrecía como eliminadora de plagas de roedores? Absurdo, ¿a dónde llevar los animales que me siguieran? Me conocerían como la señora de los ratones, de esos asquerosos animales que propagaban enfermedades, sinónimos de desorden e inmundicia ¡Horror! amanecía y la flauta rota en el piso me recordaban que lo acontecido no había sido un sueño y en mi mente solo estaba la opción de abandonar mis reciente carrera musical o permitir que mi casa se infestaran de roedores; pasé algunos días tan decepcionada que ni siquiera recogí los pedazos de mi flauta, limpiaba de mala gana los indicios del paso de los ratones y regañaba constantemente a mis perros por su negligencia, pero ellos me miraban como respondiendo: “Necia ¿acaso somos gatos?” .

 En esas estaba cuando al entrar a una veterinaria para comprar un shampoo me quedé mirando una jaula: en la rueda una saludable rata blanca daba giros y mi mente empezó a imaginarla en una carpa, saliendo de la rueda para dirigirse a un monociclo, luego brincar a través de un aro encendido, luego atravesar una cuerda floja, luego hacer malabarismos con sus patas delanteras “¿le puedo ayudar?” la voz de la empleada me sacó de la ensoñación, compré el shampoo pero la imagen de la rata haciendo toda clase de malabares se me quedó grabada ese día, el siguiente, y el siguiente, algo empezaba a germinar en mi cabeza una idea descabellada pero persistente :¿podría yo hacer algo parecido con una flauta y los ratones?.

 No pude evitarlo: para tranquilizarme dejé fluir mi mente, recogí los restos de mi flauta, compré otra, construí en el espacio que daba a la calle una base  y encima coloqué una especie de cámara de 2 x 2 metros cuadrados con madera, una escalerita para acceder a orificios de un lado y del otro un cristal reflectivo colocado de manera que se podía mirar de afuera hacia adentro pero no de adentro hacia fuera, hice que el piso tuviera un declive para permitir ver mejor lo que instalé en él: una rueda de la fortuna accionada a su vez por una rueda giratoria, unas pelotas, resbaladillas, un aro fijo en vertical, todo acorde al tamaño promedio de un ratón adulto, cubrí el suelo con virutas y en la pared opuesta a la del vidrio construí un laberinto parecido al de las canicas, también acomodé un carrusel motorizado a base de pilas y una catapulta accionada a presión con un botón. Al ocultarse el sol me sentaba junto a la cámara y retomé mi afición a la flauta, durante un tiempo no pasó nada, pero después de aproximadamente una hora vi con satisfacción a los primeros roedores ingresar a la cámara e inspeccionar cuidadosamente las instalaciones, poco a poco tuvieron la suficiente confianza para utilizar los aparatos, conforme pasaban los días pude comprobar que los ratones usaban los aparatos con soltura e incluso lo hacían al ritmo de la melodía en turno, ya fuera aprisa  o tranquilamente pero sobre todo se acostumbraron a mi presencia y a mi ya no me molestaba limpiar las huellas de su paso por mi cocina, de hecho ya no había tanto por limpiar pues empecé a educarlos para que se alimentaran en lugares específicos y la cámara y la música pasaron a formar parte de su rutina, rutina que decidía provechar en mi beneficio, enseñándoles trucos y grabando videos que bien pronto comenzaron a hacerse virales, en mi colonia cobraba cantidades módicas para quien quisiera presenciar las funciones.

 El “Circo de los ratones” fue la sensación del momento y el mote de “La señora de los ratones” fue mi tarjeta de presentación, recibí ofertas para participar en programas, circos ambulantes y hasta creí que había resuelto mi vida, pero mi momento de gloria no duró mucho, cuando ya había seleccionado los ejemplares más inteligentes para realizar giras por el estado, cuando ya tenía lista la camioneta para desplazarme, el itinerario listo y los ratones en la cámara sucedió lo impensable: El predio que colindaba con mi casa había sido convertido en templo evangelista y la noche anterior a mi partida se inauguró con una cena para los congregados, la prédica del pastor y canciones de alabanza amenizados por una pequeña banda consistente en teclado, batería y guitarra; eso no me molestó a pesar de que por la cercanía la música se escuchaba bastante, después de todo no terminarían tan tarde.

 A la mañana siguiente descubrí con horror cadáveres de ratones por todas partes, bajé corriendo hacia la cámara y quedé estupefacta: ninguno de mis ratones había sobrevivido ¿cómo era posible? ¡Tanto tiempo sufriendo por la plaga y cuando por fin había conseguido beneficiarme todos mis planes y mi ganancia se habían esfumado en una noche! ¿Acaso las alabanzas, la música o simplemente el deseo divino habían aniquilado los que yo consideré siempre portadores de enfermedades? Mi frustración y mi tristeza se agudizaban con cada ejemplar que recogía, al parecer habían salido de sus escondrijos, enloquecidos quién sabe si por las voces o por el ruido, hasta caer fulminados, víctimas de la agitación, cómo hubiera agradecido que el templo se hubiera fundado tiempo atrás, cuando hacía mis pininos en la flauta, atrayendo ratones sin saberlo y no ahora que me había encariñado con ellos, que los había bautizado con números en lugar de nombres, que personalmente les había enseñado trucos percatándome de su inteligencia, de su menoscabada reputación, ahora no cabía duda: mis artistas, mi fuente de ganancias, mi fama estaban bien muertos, hubo estrés por los reclamos, por la forma más rápida e higiénica de deshacerme de tantos cadáveres, por la devolución de pagos, por las burlas y envidias satisfechas, pero ¿qué más podía hacer? Comenzar de nuevo no era una opción, ya no sería más la “Señora de los ratones” ¡Jamás! Pero tampoco quería abandonar mi afición, así que, después del duelo por mis podres y queridos artistas me presenté al templo y pasé a formar parte del coro.

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