La Casa que Aprendí Habitar

Luis Barreda Morán

La casa que aprendí a habitar

Hubo un tiempo
en que confundía el ruido
con la compañía,
y el miedo a estar sola
con el deseo de amar.

Después,
la vida fue quitándome
todo aquello
que no sabía sostenerse por sí mismo.

Entonces descubrí
que el silencio
no era un castigo,
sino una habitación
donde por fin
podía escuchar mi propio nombre.

Aprendí
que la paz
no llega de la mano de nadie;
se cultiva despacio,
como quien riega una semilla
sin preguntar
cuándo dará flores.

Desde entonces
cierro la puerta
a quienes llegan
con promesas vacías
y la abro solamente
a quienes saben
que un corazón
no es un territorio para conquistar,
sino un hogar
que merece respeto.

Ya no corro
detrás de miradas distraídas,
ni extiendo las manos
para recoger migajas
disfrazadas de afecto.

Prefiero un café
con mi conciencia tranquila,
una tarde de lluvia
que huele a tierra limpia,
un amanecer cualquiera
que me recuerde
que sigo aquí,
completa.

He aprendido
que la libertad
no consiste en caminar sola,
sino en no depender
de cadenas invisibles.

Y cuando el amor vuelva,
si alguna vez vuelve,
no le pediré
que me salve.

Solo le ofreceré
un asiento junto a la ventana,
para contemplar el mundo
sin que ninguno
de los dos
deje de pertenecerse.

Porque el amor más difícil
no fue encontrarlo.

Fue aprender
a mirarme de frente,
abrazar mis sombras,
perdonar mis errores
y descubrir
que la persona
con la que compartiré
todos los días de mi vida,
inevitablemente,
siempre seré yo.

Y desde esa certeza,
serena como el mar
cuando deja de luchar contra el viento,
comprendí
que la felicidad
no era un lugar al que llegar,
sino la forma
en que decidí
habitar mi propia alma.

—Luis Barreda/LAB
Bellflower, California, USA 
Diciembre, 2016.

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