Recapcha: Si soy un robot
Hubo un tiempo en que pensar era una necesidad para la supervivencia. Hoy, cada vez más, se está convirtiendo en un lujo. La inteligencia artificial nos promete una vida sin esfuerzo: escribe por nosotros, recuerda por nosotros, decide por nosotros, sugiriéndonos qué comer, cómo descansar o qué pasos dar, y evitando con ello que caigamos en el error, las pérdidas de tiempo o la duda. Nos ahorra quebraderos de cabeza y, pococo a poco, el pensamiento.
En más de una ocasión, mi viejo coche, con casi 20 años de cicatrices y una distancia a sus espaldas de 8 vueltas al mundo, si tomamos como referencia la línea del ecuador, ha tenido que pasar varios días de convalecencia en el taller, por lo que me he visto obligado a alquilar un coche nuevo para poder ir a trabajar. Si ya de por sí es doloroso que tu compañero de viaje se ponga enfermo y tener que costearte el alquiler de un vehículo, lo más complicado para mí es pasar de mi medio de locomoción a una niñera motorizada.
En mi coche soy yo quien cambia de carril cuando lo considero conveniente, sin necesidad de poner el intermitente si no tengo ningún vehículo cerca para ahorrar batería y bombillas. Soy yo quien conecta el limpiaparabrisas cuando las primeras gotas de lluvia comienzan a empañar el paisaje. Incluso soy yo quien calcula los centímetros que me quedan para no besar el muro del garaje al aparcar marcha atrás. La mayoría de veces acierto. Alguna vez he dejado el muro pintado del color de la carrocería, pero al fin y al cabo, soy yo el creador de la obra de arte en el muro.
En el coche nuevo, sin embargo, una sinfonía de luces y pitidos más propia de una feria que de un utilitario me recuerda constantemente que existe un cerebro electrónico con más neuronas que el mío. Un testigo me dice por donde debo circular. Otro me informa de los mililitros exactos que quedan en el depósito de gasolina. Un tercero suelta un alarido si me aproximo a menos de 2 metros de una columna. Y un cuarto me da una colleja cuando me quedo mirando a la morena que cruza el paso de peatones.Todo está diseñado para protegerme, para minimizar el error. No obstante, jamás me he sentido más distraído, a la vez que histérico al volante. En lugar de mirar a la carretera, termino hipnotizado por las pantallas. En vez de escuchar el motor, termino lobotomizado por la sucesión de pitidos. En lugar de confiar en mi criterio, espero la aprobación de un algoritmo. La tecnología, concebida para aumentar mi atención, termina reclamándola para sí.
Para quienes ya tenemos una cierta edad y estamos acostumbrados a decidir por nosotros mismos, pero aún nos quedan unos cuantos años por batallar en la vida, tal vez sea ese el peaje a pagar por este vertiginoso progreso: cuanto más hacen las máquinas por nosotros, menos hacemos nosotros por nosotros mismos.
No soy de los que le ha declarado la guerra a la inteligencia artificial. Al contrario. Me parece una herramienta prodigiosa que puede ayudarnos a descubrir, a aprender y resolver problemas a una velocidad que hace apenas unos años nos hubiera parecido ciencia ficción. El problema nunca ha sido la herramienta, si no que esa propia herramienta avance más rápido que nuestra capacidad para asimilar los cambios, privándonos de ejrecitar la mano con la que la utilizamos. Los músculos que no se usan se atrofian, como ocurre con la memoria, con la intuición o con el juicio.
Delegamos el cálculo porque hay calculadoras. Delegamos la orientación porque hay navegadores. Delegamos la escritura porque hay correctores y asistentes. Delegamos la memoria porque todo queda almacenado en una nube. No tardaremos en delegar la imaginación porque una máquina será capaz de soñar por nosotros. Para entonces, no necesitaremos acertar o equivocarnos. Solo aceptar.
Tal vez la evolución no consista en desarrollar un cerebro más grande, como ha venido ocurriendo hasta ahora en la historia de la humanidad desde que no éramos más que primates. Quizá el destino de una especie que pensó para crear máquinas que nos facilitaran la vida sea dejar de pensar en absoluto.
No evolucionaremos hacia seres cada vez más inteligentes, como marcan los cánones biológicos, sino en organismos más simples a medida que la inteligencia artificial evolucione, perfectamente alimentados por algoritmos, felices dentro de una cómoda pasividad. Seremos amebas, y lo más inquietante es que alguíen o algo ya habrá sacado esta conclusión por nosotros.
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Autor:
Robotín (
Offline) - Publicado: 29 de julio de 2026 a las 19:01
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 10
- Usuarios favoritos de este poema: Tommy Duque, Hernán J. Moreyra, Antonio Pais

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