KINTSUGI

𝗥ebecca

𝓐mor mío, si alguna vez el miedo vuelve a convencerte

de que no fuiste suficiente para mí,

dejame prestarte mis palabras por un instante.

existe una antigua costumbre que dice que una porcelana

jamás vuelve a ser la misma

después de quebrarse.

no porque haya perdido su belleza,

sino porque alguien decidió recorrer cada uno de sus surcos con oro,

como si entendiera que la historia de una caída también merece ser contemplada.

siempre creí que era igual a esa porcelana.

pensé que había partes de mí destinadas a permanecer ocultas,

que ciertas heridas debían quedarse debajo de la piel para que nadie descubriera cuánto podían doler,

pensé que amar era esperar el momento en que alguien encontrara mis fracturas y decidiera marcharse.

entonces llegaste vos.

y qué extraña manera tuviste de quererme.

porque nunca buscaste una versión intacta de mí.

nunca me pediste que escondiera mis temblores ni mis noches más difíciles,

nunca apartaste la mirada cuando mis ojos se llenaban de tormenta.

al contrario, solo tomaste mi mano con una delicadeza que

todavía no sé nombrar, como si incluso mis silencios merecieran un lugar entre las cosas que amabas.

¿sabés qué fue lo que más me sorprendió?

que jamás intentaste convertirme en otra persona.

simplemente me mirabas.

y en esa mirada había tanta ternura que empecé a preguntarme si,

después de todo, mis surcos no eran una condena,

sino el mapa exacto que te había llevado hasta mí.

a veces pienso que el universo escribe de una manera extraña.

rompe estrellas para que existan nebulosas.

abre la tierra para que nazcan los ríos.

y deja caer la lluvia sobre las flores más frágiles para recordarles que la primavera también

sabe hablar el idioma de las tormentas.

quizá por eso llegaste cuando llegaste.

no para recoger mis pedazos.

sino para besar aquello que yo llamaba ruina.

y desde entonces entendí que el oro jamás fue el milagro.

el milagro fueron tus ojos,

porque hubo algo en ellos que consiguió hacerme sentir hermosa

incluso antes de aprender a querer mis propias heridas.

si algún día volvés a decir que no me merecés...

dejame contradecirte una vez más.

porque nunca fuiste el oro que cubrió mis fracturas.

fuiste la razón por la que dejaron de parecerme fracturas.

y si hoy mi corazón conoce una forma distinta de pronunciar la palabra "hogar",

es porque descubrió que podía descansar en vos.

te amo con la calma con la que el mar vuelve siempre a la orilla.

con la certeza de las constelaciones que, aun separadas

por millones de kilómetros de oscuridad, jamás dejan de pertenecerse.

y si alguna vez la vida vuelve a quebrarme,

quiero que seas vos quien sostenga mis manos.

no para reconstruirme.

sino para recordarme, como siempre hacés,

que incluso hecha de surcos...

seguís encontrándome digna de ser amada.

  • Autor: 𝗥ebecca (Offline Offline)
  • Publicado: 29 de julio de 2026 a las 10:08
  • Comentario del autor sobre el poema: a 𝓤lises, gracias por mirar con ternura aquello que yo apenas podía sostener entre las manos.
  • Categoría: Amor
  • Lecturas: 8
  • Usuarios favoritos de este poema: Daniel Omar Cignacco, Antonio Pais
Comentarios +

Comentarios1

  • ahero

    Al final, todos necesitamos a alguien que nos recuerde que nuestras cicatrices también cuentan nuestra historia.

    Saludos.



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