Cuando las luces de diciembre tiemblan en la ventana
y el año se despide entre susurros de nostalgia,
mi corazón se viste de gala al pronunciar tu nombre:
Orlando Rodríguez Díaz, mi cómplice, mi calma.
Cuarenta primaveras han pasado en tu mirada,
cuarenta otoños han tejido nuestro mapa en la piel.
Hemos surcado el tiempo como dos viejos navegantes,
con tempestades que domamos y océanos de miel.
No hubo un día perdido, ni una noche sin tu mano,
ni un sueño que no hayas sostenido con tu fe de acero.
Forjamos este amor ladrillo tras ladrillo,
con la paciencia del roble y el calor del fuego verdadero.
Y en este diciembre que corona nuestra historia,
no pido más regalo que tu risa al despertar.
Porque el oro de estos años no está en los anillos,
sino en cada amanecer que vuelvo a encontrar tu hogar.
Gracias, Orlando, por estas cuatro vueltas al sol.
Aún resta mucho sendero, pero mi norte es tu voz.
Brindo por lo sembrado, por la cosecha y el mañana,
porque el amor que nos une no entiende de cansancio,
solo de eternidad.
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Autor:
Mirtha Garcia Perez (
Offline) - Publicado: 28 de julio de 2026 a las 01:39
- Comentario del autor sobre el poema: Mi amor eterno
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 5

Offline)
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