Los andamios del día

Antonio Portillo

 

I

Los mapas no sirven aquí.
No hay gravedad que mida la caída
ni geometría que obligue a la pared
a sostener el techo.

Una puerta de la infancia
se abre a una calle que nunca pisamos.

Cruzas el umbral
y no hay trayecto:
el espacio es solo la distancia
entre dos miedos.

II

Un botón de nácar,
un nombre que no dijiste a tiempo,
hunden el suelo como un yunque.

Un edificio entero de cemento
flota sin ruido,
pluma en el aire
porque no le debes nada.

El tiempo no corre:
es un estanque denso
donde la luz de hace treinta años
se cruza con la sombra de mañana.

Alguien que ya no está
te tiende la sal en la mesa
y alargas la mano
sin interrumpir la frase.

III

Amanece.
La lógica vuelve a levantar sus andamios,
coloca cada mueble en su sitio,
exige que la madera sea dura,
que la viga sostenga la casa.

Pero en los dedos queda,
durante unos segundos,
un polvo leve que se deshace
sin que sus partículas recuerden
haber sido nunca yunque,
nunca cemento,
nunca un nombre
dicho a tiempo.

 

Antonio Portillo Spinola © 



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