Cartagena: donde el mar le susurra al alma

El escriba de la penumbra

El alba despierta lentamente, como si el cielo temiera romper el hechizo de la noche. La brisa del mar llega hasta mí con manos invisibles, acariciando mi rostro y despeinando los pensamientos que durante tanto tiempo permanecieron prisioneros del silencio. Cada respiración sabe a sal, a libertad, a eternidad.

Las olas besan la orilla con la paciencia de un viejo enamorado. Veo cuerpos correr sobre la arena mientras persiguen un horizonte que jamás podrá ser alcanzado. Los niños, con las manos cubiertas de arena, levantan castillos destinados a desaparecer con la marea, sin saber que en esa fragilidad habita la forma más pura de la belleza.

Y entonces aparece ella…

Cartagena.

No como una ciudad, sino como un sueño de piedra suspendido entre el cielo y el mar. Sus murallas no fueron construidas para defenderse de los piratas, sino para custodiar los latidos del tiempo. Cada calle empedrada es una página donde aún respiran corsarios, navegantes, amores imposibles y promesas que el viento jamás permitió olvidar. Sus balcones florecen como jardines colgados del recuerdo, mientras las campanas antiguas parecen doblar por todas las almas que alguna vez encontraron aquí un refugio para el corazón.

Cuando el sol se inclina y la noche desciende lentamente, Cartagena deja de existir para convertirse en un universo. Sus faroles derraman una luz dorada que parece brotar de las estrellas. Las calles respiran música, las fachadas antiguas suspiran historias, y los viajeros caminan hechizados, como mariposas alrededor de una llama eterna, embriagados por una belleza que no pertenece a este mundo, sino al territorio donde nacen los sueños.

Yo camino sin destino.

No busco llegar a ninguna parte.

Solo deseo perderme.

Me siento en una vieja banca de un parque y dejo que el tiempo continúe sin mí. Observo el desfile infinito de vidas que se cruzan frente a mis ojos: enamorados que se prometen eternidades, ancianos que sostienen la memoria de los años con la ternura de sus manos, niños que ríen con la inocencia que el mundo aún no ha logrado robarles, viajeros que creen haber encontrado una ciudad, cuando en realidad han encontrado un espejo donde contemplar su propia alma.

Entonces comprendo que el verdadero viaje nunca ocurrió sobre la tierra.

Ocurrió dentro de mí.

Porque Cartagena no se visita.

Cartagena se respira, se contempla con los ojos cerrados, se escucha en el rumor de las olas y se queda viviendo en el pecho como un amor imposible de olvidar.

Y mientras la brisa vuelve a rozar mi rostro, siento que el mar pronuncia mi nombre con la dulzura de quien conoce todos mis silencios. Por un instante dejo de ser un hombre que contempla la inmensidad; me convierto en una pequeña chispa de eternidad, suspendida entre el océano y el cielo, comprendiendo que existen lugares tan profundamente hermosos que no fueron creados para ser vistos, sino para transformar, en secreto, el alma de quien tiene el privilegio de encontrarlos.

  • Autor: El escriba de la penumbra (Seudónimo) (Offline Offline)
  • Publicado: 26 de julio de 2026 a las 15:56
  • Comentario del autor sobre el poema: Este fue uno de mis primeros escritos. Nació durante mi primer viaje a Cartagena, cuando todavía caminaba ligero, cuando era libre sin saberlo y encontraba la felicidad en las cosas más sencillas: una brisa, el rumor del mar, una banca en un parque, el ir y venir de personas desconocidas. Lo escribí muchos años antes de que comenzara el infierno que transformó mi vida. Hoy, al volver a leerlo, no solo encuentro un poema; encuentro al hombre que fui. Un hombre que aún miraba el mundo con ojos limpios, que no imaginaba las tormentas que estaban por llegar. Quizá por eso estas palabras me conmueven tanto: porque son la voz de alguien que todavía creía que la vida podía contemplarse sin miedo.
  • Categoría: Fantástico
  • Lecturas: 7
  • Usuarios favoritos de este poema: Antonio Pais, RIVAS JOSE
Comentarios +

Comentarios1

  • RIVAS JOSE

    Viva Cartagena! Hermoso poema.



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