ODA A PUNTA DEL ESTE (Maldonado, Uruguay)

JUSTO ALDÚ

No naciste de la tierra.
Naciste de un diálogo
que el océano sostuvo con el viento
antes de que el primer hombre
aprendiera el nombre de las costas.

Fuiste pensada
cuando la aurora aún era una semilla
oculta en el corazón del universo,
y el mar,
ese patriarca de cabellera interminable,
ensayaba sobre las aguas
el salmo primordial de la creación.

¡Oh, Punta del Este!
Península donde dos inmensidades
intercambian sus coronas:
el Atlántico,
emperador de tempestades,
y el Río de la Plata,
anciano de voz transparente
que aún conserva en sus orillas
la memoria de los pueblos.

Tus playas
no son arenas.
Son el polvo luminoso
que dejaron los astros
al inclinarse para besar la Tierra.

Cada grano
atesora una marea extinguida,
el sueño de un navegante,
la plegaria de un pescador,
el beso que el horizonte
depositó sobre el agua
cuando el tiempo era todavía
un niño sin calendario.

Aquí la luz
no desciende.
Florece.
Se abre como un lirio de fuego
sobre la superficie del océano,
y las olas,
convertidas en sacerdotisas,
celebran la liturgia perpetua
de la espuma.
Quien contempla este paisaje
no mira solamente un litoral.

Asiste
al nacimiento incesante del mundo.
Porque el mar
jamás termina de crear
lo que el hombre
cree haber descubierto.
Aquí aprendieron las velas
el idioma del horizonte.
Aquí las brújulas
comprendieron que toda travesía
es también una búsqueda del alma.
Y las generaciones,
como bandadas de gaviotas,
dejaron en tus costas
sus cantos,
sus nostalgias,
sus silencios,
hasta convertir tu historia
en una catedral edificada
con mareas,
vientos
y amaneceres.

No hay museo capaz de contenerte.
Tu verdadera cultura
camina descalza
por la orilla.

Habita en la paciencia del pescador,
en el pincel que dialoga con la luz,
en la música que al anochecer
parece brotar
de las conchas marinas.

Vive donde el viento
aprende a pronunciar
el nombre de la belleza.

Y entonces...
como si la Tierra
hubiese decidido respirar
a través de sus entrañas,

una mano gigantesca
rompe el sueño de la arena.

No emerge.
Renace.
No llama.
Recuerda.
Es la mano del hombre,
pero también
la del tiempo,
la de la esperanza,
la del náufrago,
la del niño,
la del anciano,
la de toda criatura
que se resiste
a desaparecer bajo las olas del olvido.

Dicen que un artista
escuchó el secreto
que dormía bajo estas playas.
Y fue Mario Irarrázabal,
escultor nacido
al amparo de la cordillera chilena,
quien comprendió
que la arena aguardaba
una señal para conversar
con la eternidad.

No levantó un monumento.
Sembró un símbolo.
Desde entonces,
el sol le coloca
un anillo de oro cada mañana.
La lluvia
la bautiza con paciencia.
La luna
la convierte en una lámpara de sombras.

Y el océano,
como un padre orgulloso,
lava sus dedos
para que jamás envejezcan.
Miles de viajeros
creen fotografiar una escultura.
Ignoran
que es ella
quien retrata sus asombros.

Porque quien posa frente a esa mano
deja allí,
sin advertirlo,
una parte de sí mismo.
Y cuando regresa,
descubre que el mar
ha conservado su memoria.

¡Oh, Punta del Este!
No eres un destino.
Eres una revelación.
La geografía
te nombra península;

la poesía,
en cambio,
te llama altar
donde la Tierra
renueva diariamente
su juramento con el infinito.

Permanece.

Sigue elevando
tus playas de cristal,
tus jardines de espuma,
tus crepúsculos
donde el cielo parece fundirse
en una copa de ámbar.

Permanece.

Para que los siglos venideros
encuentren todavía
un lugar
donde el viento rece,
las olas escriban,
la luz florezca
y el océano recuerde
que alguna vez
el Paraíso
decidió asomarse al mundo
bajo el nombre inmortal
de Punta del Este.

JUSTO ALDÚ © derechos reservados 2026

Comentarios +

Comentarios2

  • Lualpri

    Magníficas letras tal cual nos tienes acostumbrados, querido amigo Justo.
    Un abrazo, gracias y muy buen sábado!

  • Javier Julián Enríquez

    Muchas gracias, amigo JUSTO, por este bello poema, en el que se percibe cómo ensalza a «Punta del Este» (Maldonado, Uruguay) como un espacio donde la geografía se entrelaza con lo sublime, lo que sugiere que la belleza y la eternidad se manifiestan a través de la naturaleza y la expresión artística. En este contexto, se diría que una escultura emerge como un símbolo que invita a la contemplación, que permite a los visitantes dejar una huella de sí mismos, la cual el tiempo y el océano conservarán. Por ende, la obra poética de Mario Irarrázabal, al materializar la figura que emerge de la arena, no solo erige un monumento, sino que siembra un símbolo de la resistencia humana y la conexión inmutable con la eternidad. Se trata, pues, de la invocación a un lugar donde la esencia de la creación perdura, un altar donde la Tierra renueva su pacto con lo infinito, invitando a la permanencia.
    Recibe un cordial saludo y fuerte abrazo con mi más afectuoso aprecio



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