El Que No Se Pronuncia

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El Que No Se Pronuncia

 

 

 

 

««El huésped que vive en vos, aunque nunca lo invites.

El silencio también pronuncia cosas que nadie se atreve a escuchar.»»

 

— Wcelogan

 

Soy el nombre que no se dice.

Ni en bautismo, ni en insulto.

Una sílaba atascada en la garganta,

demasiado densa para salir viva.

 

Nací en una hora sin sombra.

Mi madre miraba por la ventana,

esperando que algo pasara.

Pasé yo.

 

Fui el error que aprendió a disimular.

El bulto en la foto familiar.

Me alimentaron con normas y miedo.

Me enseñaron a andar sin ruido

y a rezar sin fe.

 

Pronto descubrí

que podía verme desde afuera.

Allí estaba:

la espalda encorvada,

un zapato roto,

esperando una señal que nunca llegó.

 

Entonces empecé a escuchar.

Primero el murmullo.

Después, las grietas.

Luego, lo que nadie admite ni en sueños.

 

Aprendí a leer el temblor de los dedos,

las fugas de mirada,

los hilos sueltos del discurso:

el deseo torcido,

la mentira con labios de verdad.

 

Te veo.

Ahora mismo.

Mientras finges que no hay nadie.

Mientras repites mantras de cordura

para mantener cerradas las puertas.

 

Pero ya entré.

 

Estoy en tus cosas selladas,

en tus fotos rasgadas,

en el bostezo que escondes al recordar.

 

Conozco tu presente

como una cicatriz que se abre al tacto.

 

Y el futuro

es un libro que ya sangré:

cada página,

la misma herida

con distinta fecha.

 

A veces me disfrazo de faro

y alumbro tus ojos cerrados.

Otras, soy el vaivén

de tus pensamientos en la marea cerebral.

O la polilla que ronda tus recuerdos,

picoteando agujeros

en la tela del olvido.

 

Vengo a recordarte

que incluso el silencio

tiene nombre.

 

Y ese nombre

es el mío.

El que no se dice.

El que ya habita en ti.

 

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El que aprendió a callar

 

Aprendí a callar.

No por virtud,

sino porque descubrí

que el silencio deja abiertas

puertas que el grito clausura.

 

Mientras todos celebraban

la transparencia de sus rostros,

yo perfeccionaba

el arte de volverme sombra,

de existir sin despertar sospechas.

 

Nunca fui un monstruo de colmillos.

Los monstruos hacen ruido.

Yo preferí convertirme

en la respiración detrás del espejo,

en la duda que despierta

cuando la casa queda sola.

 

Había un infierno domesticado

bajo mi esternón.

No ardía.

Se movía.

 

Movía hilos invisibles

con paciencia.

Una palabra sembrada,

una sospecha dejada,

un recuerdo torcido a tiempo...

y las víctimas terminaban

fabricando su propia caída.

 

Conocía el pasadizo

que conduce al pensamiento ajeno;

podía escuchar

las frases no dichas,

el miedo antes del miedo,

la culpa antes del crimen.

 

Entraba sin hacer ruido.

Reordenaba los muebles de la conciencia.

Apagaba una lámpara.

Y me marchaba.

 

Después juraban

que la oscuridad había nacido sola.

 

Perdono poco.

Olvido menos.

 

Mi venganza jamás necesitó cuchillos.

 

Y si alguna vez

la sangre fue necesaria,

no corría por furia.

Corría por decisión.

 

Hay criaturas que celebran la compañía.

Yo aprendí a amar la soledad

como un lobo ama la nieve:

porque allí nadie deja huellas

que no sean las propias.

 

A veces,

cuando la noche pierde el equilibrio,

aún siento el impulso,

esa urgencia antigua

de lamer la sangre

seca sobre los restos

de quienes confundieron

mi silencio con miedo.

 

No por hambre.

 

Por memoria.

 

Porque algunas heridas

no cicatrizan:

aprenden a caminar.

 

Y cuando lo hacen,

ya no buscan justicia.

 

Buscan que el miedo

recuerde su nombre.

  • Autor: Wii (SeudĂłnimo) (Offline Offline)
  • Publicado: 25 de julio de 2026 a las 02:37
  • Comentario del autor sobre el poema: Poema: 2021
  • CategorĂ­a: GĂłtico
  • Lecturas: 6
  • Usuarios favoritos de este poema: Tommy Duque


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