Durante siglos,
la montaña
creyó que su destino
era tocar las nubes.
Cada amanecer
alzaba sus hombros
hacia la claridad,
mientras el viento
le enseñaba
los nombres cambiantes
del cielo.
Las águilas
hacían de sus riscos
un espejo del vuelo.
La nieve
escribía sobre su frente
cartas que el invierno
olvidaba firmar.
Todos la admiraban
por su altura.
Nadie preguntaba
qué soñaba
cuando la noche
cerraba lentamente
los ojos del valle.
Una madrugada,
escuché
cómo la montaña
suspiraba.
No era un sonido.
Era una hondura.
Me acerqué.
Entonces oí
estas palabras
brotando
desde el corazón
de la piedra:
«Estoy cansada
de parecer cercana al cielo
y tan lejana
del primer abrazo
de la tierra.
Quiero aprender
el camino
que recorren las semillas.
Quiero conocer
la paciencia
con la que las raíces
conversan
con la oscuridad.»
Desde aquel día,
la montaña
dejó de crecer
hacia arriba.
Cada amanecer
descendía
un poco más
dentro de sí misma.
Sus raíces invisibles
atravesaron
antiguas memorias,
tocaron
el sueño dormido
de los volcanes,
abrazaron
el silencio
que sostiene
los continentes.
Y cuanto más
se hundía,
más luminosa
parecía su cumbre.
Entonces comprendí
que las alturas
no nacen
de aquello
que logramos elevar,
sino
de la profundidad
con que aprendemos
a pertenecer.
Desde entonces,
cuando contemplo
una montaña,
ya no miro
la cima.
Escucho
el inmenso bosque
de raíces invisibles
que sostiene,
en silencio,
todo aquello
que creemos
ver.
Rosa María Reeder
Derechos Reservados
-
Autor:
Rosa Maria Reeder (
Offline) - Publicado: 24 de julio de 2026 a las 22:38
- Comentario del autor sobre el poema: «Ninguna cumbre sostiene el cielo si antes no ha aprendido el lenguaje secreto de las raíces.»
- Categoría: Surrealista
- Lecturas: 8
- Usuarios favoritos de este poema: Lualpri, Sheilo Sanz

Offline)
Para poder comentar y calificar este poema, debes estar registrad@. Regístrate aquí o si ya estás registrad@, logueate aquí.