Si me fui

Alexandra Quintanilla

Seguiste preguntando el porqué no me quedé.

Del porqué la manía de huir de vos muchas veces.

Lo cierto es que, mientras crecía y veía cómo mi madre entraba cada día por la misma puerta, agotada de llorarle a la ausencia del padre de mis hermanas, a los gritos de mi padre y a la huida del padre de mi hermano.

Haberla visto hacer estallar botellas en sus manos por no tener el poder de retenerlos, yo solo pensaba: ¿Qué tienen de mágico los hombres a los que mi madre les llora?

Me agobiaba verla, que solo pedía a ese Dios que no sé si escucha, o yo solo pedía a la nada, que ella estuviera alegre, porque cuando ella estaba fuera de su círculo triste, la casa olía a comida y el piso relucía de limpieza y reíamos: ella, mis hermanas, mi hermano y yo.

Ella, la ella en sí, entraba por la misma puerta por donde salía por las mañanas, con un premio o un diploma, o un aumento en su trabajo, o simplemente con un trabajo mejor que el anterior.

Era entonces cuando yo sí quería ser como ella.

Entonces, cuando preguntaste del porqué siempre huía de vos como si fueras a matarme, fue porque, no sé cómo, un día, sin siquiera notarlo, fui transfigurándome, lenta, pero paulatinamente, en esa madre como la que nunca quise ser y siempre me incliné a preguntarme el porqué de muchas cosas y, mirá que, sin querer, en efecto, sí superé la expectativa.

El primer hombre nunca se fue de mi vida; permanecía como una sombra incomodando mis progresos; el otro me dio tantos golpes duros que no se curaron nunca, ni siquiera con ungüento. Fue cuando recordé que la familia de mi padre luchó contra todo para que no fuera como ella. Pequeño ser humano inconsciente de sí.

Y mientras ellos debatían quién era yo, yo me perdía comenzando a huir de cualquiera que me sonriera ameno.

Las amabilidades sin motivo me parecían mala maña y los pequeños detalles me asimilaban a dobles intenciones.

Y no falta el pueblo que arde en llamas y te dice, y les dice a todos, todo lo que no sos.

Hasta que llega un punto en que les das lo que quieren y, para no contradecirlos, les decís: «Está bien, al contrario, así soy yo; es más, soy peor». Aunque eso solo sea algo entre ese Dios invisible, mi conciencia y yo.

Pero…

Comencé a sospechar de cualquiera que apareciera fuera de mi casa con flores y jazmines.

Los vacíos en mi mente fueron viles.

Cuando preguntaste del porqué siempre he salido huyendo y yo no dije nada, siempre quise explicarte todo esto, pero pensé que solo querías escuchar algo que te involucrara a vos y no a otros. No quería caer en la superficialidad de mis problemas y mis trastornos, de ese pequeño espacio en mi cabeza que no le cuento a nadie desde pequeña y que, a quien una vez se lo dije, ya no habita en esta tierra incierta y desconsoladora.

Pensé que era tedioso tener que contarte la cronología de males pertenecientes a un torcido árbol genealógico y patrones que nunca supe comprender.

El porqué siempre tengo la manía de no querer entender al otro para no comprender por qué tendría que quedarme si, al final, o se van o insisten tanto en quedarse que me hacen querer salir huyendo.

 

Pero, de alguna manera, de una forma incierta y difícil de explicar, había algo que te caracterizaba: vos no dabas golpes, vos no herías ni decías dimes y diretes, y no perseguías. Tenías algo que me tentaba a quedarme.

 

Pero yo nací para decir adioses y poseer cosas fugaces. Y el no retener me lo han inculcado desde las entrañas. Las personas siempre se disipan de mi permanencia, mientras yo solo he podido retener a aquellos que se mantienen por sí mismos. Forzarlos a quedarse es encarcelar a un personaje, animal u objeto, abstraerlo de su propia esencia para absorberlo por completo y convertirlo en un dibujo inanimado que solo vos comprendés, porque lo despojas de lo que fue.

Me gustan más las aves libres que enjauladas.

Así crió mi abuelo a las aves de la casa.

—Que vengan por comida cuando quieran —decía.

Así es como se que las aves y las personas tienen cierta similitud: no pueden vivir en cautiverio; es un morir lento.

Comentarios +

Comentarios1

  • Noa Subin

    ¡Que la musa te sea propicia en este día, amiga de las letras!
    ¡Saludos! Que tus palabras vuelen alto y tu pluma encuentre siempre la senda correcta.



Para poder comentar y calificar este poema, debes estar registrad@. Regístrate aquí o si ya estás registrad@, logueate aquí.