Repercusiones.

El cronista sin puerto

Hoy la vida me ha dejado solo con la delicada crueldad de quien descubre demasiado tarde que también puede ser el incendio.

He vuelto a mirar mis manos: no tienen sangre, pero algo se rompe cada vez que intento sostenerlo.

Qué extraño este oficio de querer. Uno llega con las manos vacías, con un corazón que aprendió a latir antes que a comprender, y termina haciendo de la ternura una forma más sofisticada de la ruina.

Por eso me gusta la soledad.

En ella nadie espera. Nadie se decepciona. Nadie tiene que perdonarme por ser lo que soy.

Aquí, en mi pequeño reino de puertas cerradas, puedo hacerme daño sin testigos y llamar libertad a esta manera cobarde de no tocar a nadie.

La vida, al fin, me ha concedido una certeza:

soy un desastre.

No el desastre de las grandes tragedias, sino uno más pequeño, más íntimo; un hombre que todavía no termina de nacer y ya está cansado de haber herido.

Quizá eso soy: un niño con la edad de un hombre, jugando a serlo con palabras demasiado grandes, con promesas que no sabe cumplir y un corazón que se asusta cuando alguien se acerca demasiado.

Entonces vuelvo a mi soledad.

No porque no quiera ser amado, sino porque, al menos aquí, nadie tiene que pagar las repercusiones de haberme querido.



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