El libro del patio exterior

José Luis Barrientos León

 

No soy el árbol; soy la distancia

entre mi mirada y la hoja que cae.

En la tarde gris del patio,

cada desprendimiento es una anotación

al margen en el diario de mi hastío.

 

Lloverán abriles sobre este suelo estéril

y ninguna flor sabrá que me ha dolido.

Ver caer la hoja es asistir al desfile

de todo lo que en mí ya ha fenecido.

 

No soy yo quien padece este quebranto,

es un extraño en mí que observa el suelo;

y en el ciclo constante de la vida

encuentro solo un lúcido desvelo.

¿Para qué la belleza del renuevo,

si el tronco exige siempre la fijeza?

 

Prefiero ser la sombra que no cambia

al fondo de esta lánguida tristeza.

La naturaleza insiste en su drama inútil de nacer y morir.

El árbol del patio tiene la certeza de su oficio orgánico;

yo solo tengo la certeza de mi propia disolución.

 

Cada fragmento que el viento arranca de las ramas

se lleva consigo un trozo de mi sustancia pensante.

Mañana habrá menos de mí en esta habitación,

y nadie, ni el árbol, ni el viento, ni Dios,

notará la diferencia.

Existir es este deshilacharse pausado frente a una ventana.

 

Esclavo de mi propia lucidez,

envidio la madera y su porfía.

El árbol brota con ciega rigidez,

mientras yo muero de monotonía.

 

Su sueño verde nace de la tierra;

mi sueño es solo un humo que se deshace.

Él vive el patio en su total llanura;

yo soy el preso que en su mente yace.

 

Al fin la tarde se recoge a oscuras

y queda el tronco en su deber sagrado:

hacerme respirar desde mi abismo,

siendo el testigo de lo que ha cesado.

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