𝐂𝐀𝐑𝐓𝐀 𝐀 𝐋𝐀 π‡πˆπ‰π€ 𝐐𝐔𝐄 π’π”π„πβ€ŒπŽ π‚πŽππ“πˆπ†πŽ

ronald tadeo ramirez elizalde

Hija mía:

 

Quizá nunca leas estas palabras.

Quizá aún no hayas comenzado siquiera tu viaje hacia este mundo.

Y, sin embargo, esta noche te escribo.

 

Te escribo desde el silencio de mi corazón, desde ese lugar donde nacen los sueños más puros y las esperanzas que el tiempo no logra marchitar.

 

No sé cómo será tu voz cuando pronuncies tus primeras palabras. No sé de qué color serán tus ojos ni qué secretos guardará tu sonrisa. Pero hay algo que sí sé: antes de existir, ya eres amada.

 

Te imagino con la dulzura de tu madre, con esa luz serena que habita en su mirada y que tiene el extraño poder de traer paz a mi alma. Imagino que heredas su bondad, su ternura y la belleza invisible que poseen las personas buenas.

 

Sueño con el día en que pueda tomarte entre mis brazos y sentir que toda mi vida, con sus alegrías y sus heridas, me condujo hasta ese instante.

 

Quiero enseñarte a mirar el cielo y descubrir en las estrellas motivos para seguir adelante. Quiero mostrarte que la bondad vale más que la riqueza, que la honestidad tiene más brillo que el oro y que el amor verdadero es el único tesoro que jamás pierde su valor.

 

Cuando tengas miedo, quiero que encuentres refugio en mí.

 

Cuando llores, quiero que mis brazos sean tu consuelo.

 

Cuando triunfes, quiero celebrar contigo.

 

Y cuando tropieces, quiero recordarte que incluso las alas más hermosas aprendieron a volar después de caer.

 

Llegará el día en que crecerás y caminarás sola por el mundo. Tal vez ya no necesites tomar mi mano para cruzar la calle, pero yo seguiré caminando a tu lado en silencio, cuidándote con la misma ternura con la que te soñé antes de nacer.

 

Porque eso hacen los padres: aman.

 

Aman cuando sus hijos están cerca y también cuando están lejos.

Aman en la alegría y en la tristeza.

Aman sin esperar recompensa.

 

Y si algún día la vida me concede el privilegio de llamarte hija, comprenderé que todos los sueños que guardé durante años no eran otra cosa que el anuncio de tu llegada.

 

Hasta entonces, seguirás viviendo aquí, en mis pensamientos, en mis oraciones, y en ese rincón sagrado del corazón donde habitan los milagros que aún no han sucedido.

 

Tu padre.

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