Oda a la Luz Resucitada

José Luis Barrientos León

 

 

Es dulce la lluvia,

entra como un cuchillo de vidrio transparente

a tocar la corteza secreta de la tierra.

 

Llueve luz, llueve un vino dorado y celeste

mientras la hierba, con sus mil manos verdes,

abraza el dulzor oscuro del suelo,

perdiéndose en el aroma de las raíces.

 

Son bendiciones estos jardines territoriales.

Allí caminas,

bajo el peso solar que te corona,

pisando el rocío que despierta como un ojo infinito.

 

Yo soy la luz del cielo desatada,

la materia matutina que sacude las ventanas.

Vengo del viento golpeando las maderas,

vengo del sol, de su fragua de oro violento,

a confirmar, que la vida es un racimo espeso.

 

Bendigo este día y el otro,

cada comienzo que rompe su cáscara húmeda.

Porque cada mañana,

cuando la sombra se retira con sus naves negras,

es el primer día del mundo,

el húmedo espasmo vegetal

de la primera y salvaje creación.

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