Insurrección

marco romero

Me diste un beso que era un relámpago de azufre y azúcar, algo que me partió la columna y me cosió las entrañas todo al mismo tiempo. Fue un estallido repentino y fugaz, una línea curva que vibró en mi boca como un pájaro herido que de pronto recupera el canto. 

 

Un beso delicioso, sí, pero con el peligro de la electricidad pura, de esa que te incendia la sangre y te hace olvidar las piernas rotas.

 

Sentí una revolución entera galopando en el alma. Mi felicidad, que tantas veces anduvo a rastras entre sábanas y hospitales, se volvió una insurrección viva; una criatura salvaje que, por fin, ha aprendido a volar fuera de este cuerpo de yeso.

 

—m.c.d.r



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