La Derrota de los Dioses

Kamar Oruga

 

 

¿Qué hacer frente 

al vértigo de la inmensidad? 

¿Qué hacer con el alma vacía 

frente al misterio del universo? 

 

Ni con todas las riquezas podría ser feliz, 

ni con todos los poemas, 

ni con todos los placeres,

ni con todos los amigos,

ni con todas las mujeres, 

ni con todos los libros del mundo,

escritos por nadie en ningún lado. 

Y ahora yo, 

misteriosamente yo, 

indiferentemente doble, 

imaginariamente múltiple,

me abro y me cierro 

en un vaivén casi místico, 

casi exótico y sideral, 

camino en círculos por este espacio oblicuo que representa mi casa, 

mi universo personal, 

y viajo de un punto al otro casi sin saber, recorriendo distancias infinitas 

que subrayan el corazón de todo poeta.

Solo voy, me paseo por la cocina 

y deseo múltiples cosas, 

tengo sed de cosas 

que no comprendo ni quiero, 

acaricio los dedos 

de las plantas de verano, 

se ven tan enérgicas y vitales, 

como si tuvieran

el secreto de la inmortalidad 

en sus vientres.

Inmóvil, las veo y las contemplo; 

las muevo hacia un rincón 

más sombrío y de paso las riego: 

el agua es su alimento. 

--¿Entonces cuál es mi alimento?--

el hombre vive sin saber 

y se nutre de todas las cosas, 

desde el pan hasta la poesía, 

sólo que la bestia nunca está satisfecha, 

lleno el corazón de silencio 

escribirá para vaciarlo,

cantará para desencadenarlo,

pintará una y otra vez la misma figura, 

la misma escena, 

el mismo esquema erótico, 

con tal de revelar la respuesta,

de descubrir el rostro oculto,

de encontrar el puente 

que lo una consigo mismo. 

 

Con una brújula rota veo el mañana,

me distancio de los caminos oscuros,

camino a ciegas 

adentro de mi propio cuerpo,

floto en los espacios huecos,

como una planta también 

debo ser regado y cuidado,

también debo esperar los lentos movimientos del cambio, 

los ambiguos sonidos de la fuerza, 

los estruendos alternos del deseo.

No sé de qué emociones estoy hecho, 

de que sensibilidades,

soy casi el barro de la divinidad, 

a cada instante estuve aquí, 

me apuré y luego me olvidé,

observé sin observar, 

soñé sin soñar,

jugué sin jugar, 

miré por la ventana a lo lejos 

para después 

correr hacia donde había mirado,

y así comprobar la verdad 

y la belleza de las cosas miradas, 

siempre encerradas en una visión,

en una perspectiva 

que nace de otra perspectiva

en un eterno efecto en cadena.

Con el tiempo recibí un nombre 

y una razón, 

después cambió el nombre 

y las razones se hicieron inútiles, 

siempre nombres 

que espejan otros nombres,

siempre razones sin explicación.

 

De tantos cuerpos habitados 

me quedé siendo un disfraz,

de tantas caras una máscara,

de tantas ideologías una duda,

de tantas religiones el valor, 

yo que condené a Dios 

e irónicamente me volví su guía, 

hoy estoy en la piel de Adán, 

descalzo entre el gentío infiel, 

amanecido del dolor de mil noches,

yo que aposté 

a todos los frutos del mundo,

a todos los colores del amor,

a todos los matices del trabajo,

a todas las formas del hombre,

y de tanto habitar la sombra 

olvidé el propósito de la luz,

y de tanto vivir recto sepulté el placer 

de las pequeñas rebeldías, 

yo que soplé mil vientos 

en mi destino que hoy es silencio,

ya que llevo la eternidad en mi pecho,

y tantas veces solo, tantas veces triste,

reconfiguré años de filosofía, 

guardé en mi oído diablos 

y santos de la poesía, 

escribí cientos de versos no sé porqué,

y busqué hasta en el infinito 

un hogar para mis pensamientos, 

un lugar en el más allá 

donde pueda revolcarme con mis sueños,

y así despertar a los hombres, 

unidos en fraternidad 

como hoy y siempre,

al borde del camino 

que une a la tierra y el cielo, 

encadenados en simetría

a la vida y la muerte.



Para poder comentar y calificar este poema, debes estar registrad@. Regístrate aquí o si ya estás registrad@, logueate aquí.