π€πŒπŽπ‘ 𝐐𝐔𝐄 𝐍𝐈 𝐄𝐋 π“πˆπ„πŒππŽ π‘πŽπŒππ„

ronald tadeo ramirez elizalde

Ven, amada de mi alma; reposa en el santuario de mis brazos y recuesta tu cabeza sobre mi pecho, donde cada latido pronuncia tu nombre como una oración eterna.

 

No temas a la noche, porque yo caminaré a tu lado mientras duermes. Seré el guardián de tu descanso, el centinela de tus sueños y la llama que ahuyente todos tus fríos. Ningún viento apagará el fuego que arde en mi corazón, porque fue encendido por el amor que el Cielo sembró en nosotros desde antes del primer amanecer.

 

Besaré tu frente para que la paz habite tus pensamientos; besaré tus manos, porque ellas son el milagro que un día deseo sostener por toda la vida; besaré tus ojos cerrados, para que contemplen en sueños los jardines donde algún día caminaremos juntos; y besaré hasta tus sueños, para que nunca olviden el camino de regreso hacia mi amor.

 

Mientras el universo guarda silencio y las estrellas elevan su antiguo cántico, mi corazón permanecerá despierto, velando por ti. Cada latido será una plegaria, cada suspiro una bendición y cada pensamiento una promesa de amarte con una fidelidad que ni el tiempo, ni la distancia, ni la muerte podrán quebrantar.

 

Duerme, amor de mi vida. Que la luna sea el velo de tu descanso, que los ángeles custodien tu alma y que Dios escriba sobre esta noche su más hermosa bendición.

 

Y cuando despierte el alba, quiero que el primer abrazo que encuentre tu corazón sea el mío, porque nací para amarte, para proteger tu paz y para hacer de cada uno de tus amaneceres un himno de esperanza.

 

Que tengas los más dulces sueños, mi eterno amor.

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