Ella sabía que las posibilidades de conseguirlo eran casi nulas. La tarde, ya adentrada, se iba yendo y ella, sin decidirse del todo, empezó a andar, a dirigirse a donde tendrían lugar los acontecimientos, los amigos le dijeron que no, que no merecía la pena, pero ella desoía constantemente cualquier consejo que pretendiera desviarla de aquello que durante dieciséis noches, al amparo de una almohada obediente, pensó, maduró, analizó pros y contras, desmontó como un hábil relojero suizo, volvió a montar incluso con alguna pieza ya descascarillada por el uso, tal que, a esas alturas, cualquier maniobra disuasoria de tres al cuarto no iba a desviarle de hacer lo que iba a hacer.
La hora pensada eran las nueve de la noche, cuando la selección española empezara a proclamarse, por segunda vez, campeona del mundo, momento en el que él estaría distraído, concentrado, sin ganas de saber del mundo ni de sus hijos, y sin vigilancia por tanto ese lugar, donde algo iba a producirse. Se puso especialmente guapa, unos tacones de diez centímetros, tan finos que el tobillo a duras penas mantenía su anatomía intacta, unos pantalones vaqueros, ajustados, pronunciando su trasero y una camiseta blanca, sencilla, de esas que a veces se pone para ir a Lidl a procurar su sustento.
Son las siete de la tarde, faltan dos horas para que lo que se espera tenga lugar, no parece especialmente nerviosa, la noto expectante, igual que él pero por muy distinto motivo. Se pinta las uñas de los pies, ahora, de color rojo burdeos, los labios a juego, algo de rímel, poco. Al cruzar el portal de abajo, decide entre taxi o bus, opta por el taxi, prepara la billetera para que el taxista no perciba la tensión que ya empieza a rezumar por su piel, nota que suda, recuerda que se puso desodorante y confía en él, pero... A ninguna parte, le contestó a la pregunta de: ¿a dónde va?, y tras una primera perplejidad, profesional, no queriendo indagar cuando la tensión se palpaba, puso su GPS en marcha y arrancó.
Las calles, no muchas, pasaban por sus ojos como fotogramas de una película antigua, de esas que de pequeña ponían en la tele alguna que otra tarde de sábado, y el trayecto se le iba haciendo largo, conforme pasaba el tiempo. El taxista, que como todos los taxistas tienden a dar conversación, no se atrevía ni si quiera a un qué buen tiempo hace porque notó que el horno no estaba para bollos, y así permaneció, mudo e inquieto, durante los quince minutos que duró la bajada de bandera.
Cuando se hubo parado el taxi, en un carril de solo buses, le extendió un billete y salió, confusa, aliviada de la jaula en que, por momentos, le pareció la carrocería en la que iba sentada —las piernas agradecieron poder estirarse—.
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Autor:
Albertín (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 18 de julio de 2026 a las 16:14
- Comentario del autor sobre el poema: Cuando las diferencias se acumulan hasta petar las cañerías...
- Categoría: Cuento
- Lecturas: 6

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