Sentado frente a la mesa donde la tarde se derrama con lentitud de herida mansa, vuelvo a pensar —como quien roza el surco de una cicatriz— que tal vez me equivoqué. Que nunca debí dar ese paso donde la soledad pronuncia mi nombre y su eco resuena sin obstáculo y sin filtro. Y, sin embargo, una oleada de libertad —honda, casi mineral— me atraviesa y me recuerda que solo en la demora de las horas se revela el gozo intacto del arbitrio. Aquí, donde la luz forcejea torpemente con la penumbra y empuja las sombras hacia su último refugio, hacia las esquinas de este sótano que abriga el pasar del tiempo, una verdad incontestable me arranca del titubeo: no hay error en quien se atreve a elegirse.
Porque la soledad —esta intemperie de aristas ásperas y ruinas desnudas— no es castigo, sino geografía. Un territorio sin mapas donde el silencio adquiere peso y densidad, donde cada latido resuena sin mediaciones. Aquí no hay voces que templen ni miradas que corrijan: solo esta respiración, desnuda y recién nacida, que por fin se reconoce como propia.
Tal vez confundí la compañía con abrigo, el hábito con destino, la cercanía con la verdad. Tal vez llamé amor a lo que entonces fue refugio frente al miedo, sin saber aún todo lo que el amor podía ser. Y ahora, desposeído de toda coartada, descubro que el vacío no exige ser colmado, sino escuchado. No implora en aullido ni estridencia: mansamente me cubre con una segunda piel, conformando esta máscara que refleja el verdadero rostro de mi ser. Sí, hay ausencias que no desgarran: ordenan, disponen, esclarecen.
La luz insiste. Avanza con una obstinación casi sagrada, toma la orilla de la mesa, roza mis manos como quien nombra sin decir, y dibuja en la madera una frontera que ya no intimida, sino que promete; que ya no retrocede, sino que avanza. En ese gesto mínimo —casi secreto— comprendo que la libertad no irrumpe: se posa, como el polvo leve de lo verdadero.
Y, sin embargo, hay un instante —breve como el parpadeo del ocaso antes de extinguirse— en que todo queda en suspenso. No es silencio: es una forma más honda de la escucha. Como si el mundo, fatigado de su propio ruido, se retirara a una claridad sin nombre.
Entonces, la soledad deja de ser borde y se vuelve epicentro.
No hay ya oposición entre la luz y la sombra, sino una lenta reconciliación de ambas en la materia del aire y del espacio. La claridad no vence: persuade, acaricia y conquista. Y la penumbra no huye: consiente, deviene, acepta. En esa tregua, casi sagrada, el tiempo se dilata hasta perder su urgencia, y cada instante parece sostenerse por sí mismo, como una gota suspendida en su propio peso.
Respiro.
Y en esa respiración —tan leve que apenas merece ser dicha— se ordena el mundo. No el mundo exterior, con sus nombres prestados y sus formas heredadas, sino este otro, más secreto, que no necesita ser comprendido para existir. Aquí no hay futuro que reclamar ni pasado que justificar. Solo una presencia que se basta, que se afirma sin testigos.
Quizá sea esto lo más cercano a la verdad: no una certeza que se impone, sino una quietud que no exige.
Como la luz al final de la tarde, con los segundos avanzando en manecillas de relojes oxidados que no preguntan si debes subirte o quedarte, que no anuncian ni su partida ni su marcha, simplemente son, y mientras dura su inmanencia, muestran una fidelidad que no promete nada y, sin embargo, lo sostiene todo.
Y entonces comprendo —no con palabras, sino con una evidencia que no necesita ser dicha para ser cierta— que elegirse no es un acto, sino una permanencia. La raíz de una libertad inmarcesible. Que no consiste en haber decidido, sino en seguir habitando la decisión sin traicionarla.
Y yo, apenas, vivo y permanezco.
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Autor:
David Marín Castaño (
Offline) - Publicado: 17 de julio de 2026 a las 03:19
- Comentario del autor sobre el poema: Prosa poética.
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 10
- Usuarios favoritos de este poema: Gabriel Aranda, alicia perez hernandez, El desalmado, Mauro Enrique Lopez Z.
- En colecciones: Murmuraciones.

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