SONETO XXVI

El ojo vagabundo

 

Busqué la voz detrás de la ventana,
pero solo encontré polvo y silencio;
el reloj dio las horas sin su acento
y la tarde pasó, leve y lejana.

La pluma, indiferente y casi humana,
se negó a caminar sobre el desierto
de la página en blanco, donde advierto
que hasta la luz se vuelve menos llana.

Quizá el poema está bajo la mesa,
jugando a ser un gato o una sombra,
escondido en un gesto o en la brisa.

Yo lo llamo, y la casa queda inmensa;
mientras el mundo, lentamente, nombra
todo aquello que a mí se me desliza.



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