EL BESO

JUSTO ALDÚ

Hay deseos que no caben en un cuerpo despierto. El mío era uno de esos.

Vivía imaginando a la vecina del piso doce. Solo la miraba cuando tendía esa diminuta  ropa interior y soltaba esa negra cabellera azabache que llegaba hasta su cintura rozando con la razón de mi locura. Uffff, pero nunca me atreví a decirle cuánto iluminaba el edificio con su sola presencia. Así que una noche, de tanto pensarla, hice lo imposible: salté dentro de su sueño.

Allí todo era sencillo. Caminaba entre jardines suspendidos en el aire, mientras una lluvia de mariposas cruzaba un cielo color ámbar. Ella sonrió al verme, como si me hubiera esperado desde siempre. Me acerqué despacio. Cuando nuestros labios estaban a punto de encontrarse, un temblor descomunal atravesó mi cuerpo. No era un sobresalto cualquiera: era la tierra misma sacudiendo los cimientos del sueño.

Abrí los ojos bajo una montaña de escombros.

No entendía cómo un beso podía pesar tanto ni por qué el polvo olía a cemento recién quebrado. Después supe que un terremoto había partido el edificio en dos, justo cuando yo dormía.

No recuerdo cuándo me rescataron. Ese tramo de mi vida quedó enterrado junto a las paredes caídas. Los rescatistas contaron que, mientras retiraban piedras y vigas, yo no dejaba de pronunciar un solo nombre. El de ella.

Nunca me dijeron si lograron encontrarla.

Desde entonces, algunas noches despierto con los labios tibios, como si hubieran rozado una boca que solo existe donde los sueños y la realidad se confunden. Y todavía me pregunto si el terremoto nació en la tierra... o en aquel beso que nunca alcancé a dar.

JUSTO ALDÚ / derechos reservados 2026



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