Enamorarse

Nicolas y Gaston

Hay quienes dicen que un pez y un pájaro pueden enamorarse.

Lo dicen como si el amor fuera suficiente.

Como si el agua aprendiera a respirar aire o el cielo aceptara ahogarse un rato.

Pero el amor nunca fue tan poderoso.

Solo fue tan terco.

Mi manera de amar siempre se pareció a ese pez mirando hacia la superficie, convencido de que el cielo estaba más cerca de lo que realmente estaba.

Y allá arriba había un pájaro.

Hermoso.

Libre.

Inalcanzable.

No porque no quisiera bajar.

Sino porque bajar demasiado también era morir.

Qué ironía.

Los dos estaban vivos.

Y los dos tenían que alejarse para seguir estándolo.

Hay personas que llegan a tu vida como llegan las tormentas.

Te cambian el paisaje, te enseñan que existían colores que nunca habías visto y después desaparecen dejando únicamente el barro.

Y uno se queda ahí, recogiendo pedazos, preguntándose si realmente pasó o si lo soñó después de demasiados cigarrillos y muy poco sueño.

A mí siempre me gustó la gente imposible.

Las mujeres que tenían la mirada de quien ya había aprendido a despedirse antes de llegar.

Las que sonreían bonito, pero escondían inviernos detrás de los ojos.

Porque uno cree que puede salvarlas.

Qué arrogancia.

Ni siquiera podía salvarme a mí.

Pero ahí iba.

Con el corazón abierto como un apartamento al que cualquiera podía entrar, romper los muebles, llevarse la calma y salir diciendo: "Gracias por todo."

Y yo todavía era capaz de responder: "Cuídate."

Eso no es noble.

Eso es una tragedia disfrazada de cariño.

Me preguntan por qué sigo escribiendo sobre alguien que ya no está.

La respuesta es sencilla.

Porque hay personas que se van del cuerpo, pero encuentran la manera de quedarse viviendo en las costumbres.

En la canción que uno evita.

En la cafetería a la que ya no entra.

En el perfume que aparece de repente en el bus y le arruina la tarde a un desconocido.

El amor no siempre termina cuando termina la relación.

A veces termina muchos años después.

Y otras veces ni siquiera tiene la decencia de terminar.

Se queda respirando despacio, como un perro viejo echado en la puerta.

Sin hacer ruido.

Sin irse jamás.

Dicen que el tiempo todo lo cura.

Mentira.

El tiempo solo enseña a caminar con la herida.

Hay cicatrices que ya no duelen.

Pero basta una noche, una canción, una fotografía mal guardada o una luna demasiado llena para descubrir que nunca dejaron de existir.

Solo aprendieron a esconderse mejor.

El pez seguía buscándola en los reflejos del agua.

El pájaro seguía descendiendo más de lo prudente, solo para verla unos segundos antes de volver a levantar vuelo.

Los dos hicieron todo lo que pudieron.

Y, sin embargo, eso nunca fue suficiente.

Porque amar no siempre significa poder quedarse.

Esa es la parte que nadie escribe en los poemas.

Que existen personas hechas para encontrarse, pero no para compartir la vida.

Que hay abrazos que duran un instante y aun así te acompañan hasta el último día.

Que algunas historias no fracasan porque faltó amor.

Fracasan porque el mundo no encontró un lugar donde pudieran existir.

Y qué injusticia.

Porque el pez habría dado el océano entero por una tarde en el cielo.

Y el pájaro habría cambiado todas sus alas por aprender a respirar debajo del agua.

Pero el amor no cambia la naturaleza.

Solo la desafía.

Y casi siempre pierde.

Aun así...

si volviera a nacer, creo que volvería a mirarla.

Volvería a acercarme.

Volvería a cometer el mismo error hermoso.

Porque hay personas que no llegan para quedarse.

Llegan para convertirse en la historia que contarás cuando alguien te pregunte por qué tus ojos parecen tan cansados.

Y entonces sonreirás, pedirás otro trago, encenderás otro cigarrillo, mirarás el cielo como quien busca un pájaro desde el fondo del mar,

y entenderás, demasiado tarde, que algunos amores no estaban destinados a tener un hogar.

Solo estaban destinados a convertirse en la cicatriz más bonita que una vida podía soportar.

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