SILENCIO DE LA ESPIGA II

José Honorio Martínez Ochoa

SILENCIO DE LA ESPIGA

II

Sentir la luz

es dejar
que el primer temblor del día

atraviese el aire

hasta despertar
la respiración del mundo.

El tiempo,

despojado de su prisa,

aprende
la quietud
de tu silencio.

Las estrellas

permanecen

sobre la lealtad
de nuestras manos,

como frutos

de una noche
que todavía madura.

La tierra

alza sus tallos

hacia la claridad,

hasta encontrar
en tu cuerpo

la inclinación
de la luz.

Así también el amor.

No conquista.

No posee.

Permanece.

Como la línea invisible

que une

tu frente

con la serenidad
de tu sonrisa.

Guardo entre las manos

la frágil llama

que permite al mundo

seguir revelándose.

Acaricio la sombra.

No para vencerla,

sino para escuchar

el latido

que sostiene al trigo

cuando el verano

lo entrega al viento.

Comprendo

que toda distancia

es otra forma

de la cercanía.

El poema

no nace
de las palabras.

Nace

cuando la luz,

la espiga

y tu rostro

habitan

un mismo silencio,

hasta que la respiración

les concede
un nombre.

Mi pensamiento

se curva lentamente,

como un cauce

que encuentra

el lugar

donde el mundo

comienza
a decirse.

Entonces

una lágrima

contiene

la memoria del árbol,

la savia,

la raíz,

el calor antiguo
de la piedra.

Te veo

antes

de que la distancia

aprenda su nombre.

Llegas

como llega

la claridad

sobre los tejados:

sin ruido,

sin prisa.

Todo espacio

pierde su medida.

La arena,

el aire

y la luz

respiran

una misma cercanía.

Los árboles

dibujan

el relieve

del silencio.

Tus labios

recorren mi espalda

como si la noche

tejiera

una sola piel

para el deseo.

Comprendo

que la ternura

no vence al mundo.

Lo habita.

Mi corazón

no busca un centro.

Busca

el lugar

donde pueda permanecer

abierto.

Allí,

bajo la sombra

de los mangos,

el tiempo

madura

como un fruto

que desconoce la prisa.

La línea

de tu pensamiento

no divide

el horizonte.

Lo reúne.

En ella

mi sueño

aprende

la respiración

del silencio.

 

 

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