En el camino
En el camino
fui dejando pedazos de mí
como los árboles entregan sus hojas
sin preguntar si volverán.
Cada otoño me desnudó un poco,
cada primavera
me enseñó que la esperanza
siempre encuentra una semilla
escondida bajo la tierra.
Creí, cuando era joven,
que el mundo cabía entre mis manos,
que podía sujetar el agua,
atar el viento,
convencer al tiempo
de detener su caballo.
Pero el río siguió cantando
sin escuchar mis ruegos,
y comprendí
que nadie detiene
la respiración del universo.
Vi amaneceres
nacer sobre los campos,
y también vi caer la noche
sobre los rostros que amaba.
La muerte pasó alguna vez
rozando mi puerta,
recordándome
que todos somos huéspedes
en esta casa de barro
levantada con un puñado de sueños.
Entonces aprendí
que el amor
no es una jaula de promesas,
sino un árbol inmenso
que ofrece sombra
incluso a quien decide marcharse.
Amar
es abrir las ventanas,
es dejar que los pájaros
encuentren su propio cielo
aunque el nuestro
se quede lleno de silencios.
Mis hijos,
esas semillas de mi sangre,
nunca fueron mi cosecha.
Son ríos distintos,
estrellas con otro destino,
pan que deberá alimentar
otras mesas,
otras hambres,
otros corazones.
Yo solo fui la tierra
que los sostuvo un instante
antes de entregarlos al horizonte.
Las cosas
me fueron abandonando despacio.
La ropa envejeció conmigo,
los muebles aprendieron
el idioma del polvo,
los libros guardaron
el perfume de mis manos
para lectores que jamás conoceré.
Entonces sonreí,
porque entendí
que la vida nunca escribe
nuestro nombre en la piedra,
sino apenas en el agua.
También mi cuerpo
fue cambiando de estación.
Los músculos perdieron
la arrogancia de la fuerza,
las canas florecieron
como almendros en invierno,
y cada arruga
se convirtió en un pequeño río
donde dormían
las memorias de mis días.
No maldije el paso del tiempo.
¿Cómo hacerlo,
si fue él quien puso
la dulzura en mi voz,
la paciencia en mis ojos,
la compasión en mis manos?
Solo quien ha llorado
aprende el verdadero valor
de una sonrisa.
Hubo noches
en que el orgullo
levantó murallas dentro de mí.
Creía que ser fuerte
era no doblar nunca la cabeza.
Después descubrí
que los árboles más sabios
se inclinan con la tormenta
y por eso sobreviven
cuando otros
caen abrazados a su soberbia.
Ahora camino despacio.
No porque falten fuerzas,
sino porque aprendí
que la prisa
es una mala consejera
para quien desea contemplar
el milagro de una flor,
el vuelo de una mariposa,
la risa de un niño,
la mano tibia
de quien aún nos ama.
Ya no deseo poseer.
¿Qué podría llevarme
cuando el último crepúsculo
apague mi ventana?
Ni la casa,
ni los retratos,
ni el reloj obstinado
que insiste en contar las horas.
Todo permanecerá aquí,
como permanecen las montañas
cuando el caminante desaparece.
Solo espero dejar,
sobre la tierra que me recibió desnudo,
un puñado de bondad,
algunas palabras
capaces de acompañar la tristeza de alguien,
un abrazo que sobreviva a mi ausencia,
y el recuerdo
de haber amado profundamente
este breve milagro
llamado vida.
Porque ahora sé
que no vinimos a vencer al tiempo,
sino a florecer dentro de él;
no a ser dueños del mundo,
sino humildes peregrinos
que beben un instante
del agua de la existencia.
Y cuando el gran silencio
pronuncie por fin mi nombre,
quiero partir
como parte la tarde
sin hacer ruido,
dejando solamente
una luz encendida en la memoria de quienes amo,
mientras el río continúa su viaje,
los árboles siguen dando sombra
y las estrellas,
indiferentes y eternas,
continúan escribiendo
el antiguo poema
que comenzó mucho antes de nosotros
y seguirá cantando
mucho después de nuestra última respiración.
—Luis Barreda/LAB
Glendale, California, EUA
Diciembre, 2020.
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Autor:
Luis Barreda Morán (
Offline) - Publicado: 14 de julio de 2026 a las 04:49
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 7
- Usuarios favoritos de este poema: JordiCris, El desalmado, Una voz

Offline)
Comentarios1
¡Espléndido! Mi enhorabuena Luis por tan magna lección de vida que, los jóvenes leerán pero no apreciaran hasta tener esas canas y, que los viejos sabemos tal y como has descrito en este bello poema lleno de guiños alegóricos que solo estamos de paso, que nadie es de nadie y que el mejor trabajo que podemos hacer en vida es vivir. Me descubro. Saludos
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