SILENCIO DE LA ESPIGA
I
Escribo
para acercarme
a esa confesión
que todavía ignora
el sonido de su nombre.
No llega de improviso.
Madura
en el huerto del silencio,
donde la memoria
alimenta la tierra,
la duda
estremece las raíces
y el asombro
enciende una claridad
que apenas nace.
Nada surge de la prisa,
ni del deseo
de colmar la página.
Toda palabra verdadera
permanece oculta,
como la semilla
que escucha
la respiración de la lluvia
antes de abrirse
a la luz.
Así también el alma.
Desciende
hasta el fondo de sí misma,
atraviesa
sus sombras
y espera
hasta reconocer
el ritmo secreto
de su latido.
Entonces,
sin estruendo,
la palabra despierta.
Ya no busca
nombrar el mundo.
Es una espiga
que inclina el silencio
porque ha llegado
el tiempo del grano.
Respira.
Y en esa respiración
una verdad,
largamente esperada,
comienza a existir.
Escribo,
sobre todo,
para vaciarme
en los espejos de la madrugada,
donde tu respiración
sostiene la claridad,
y aprender
el silencio de la espiga,
ese lento crecimiento
con que la tierra
pronuncia su nombre.
Abandono el lugar
donde mi sombra
se repetía.
Camino
hacia el límite
donde el mundo
comienza de nuevo,
allí
donde tus labios
abren un refugio
para mi voz
todavía errante.
Nada nos separa del cielo.
Nada necesita acercarnos.
Basta permanecer.
La distancia
deja de ser espacio
y se vuelve
una respiración compartida,
una abertura
por donde las cosas llegan
sin imponerse.
Permanezco contigo
en la gravedad discreta
de la noche.
No para vencerla,
sino para escuchar
cómo el silencio sostiene
lo que aún
no encuentra su lenguaje.
La luz
no desciende
desde los astros.
Nace
cuando una mirada
acepta
la hondura de otra,
y el mundo
encuentra su morada
en la cercanía
de un rostro.
Entonces
el torbellino cesa.
El caos
abandona
su antigua impaciencia
y aprende
el ritmo de la espiga
que madura
sin anunciarse.
También mi vida
deja de perseguir
sus antiguas ruinas.
Respira.
Cada memoria
encuentra su estación.
Cada herida
aprende
a permanecer abierta
sin dejar
de ofrecer claridad.
Mi soledad
pierde
la rigidez de la piedra.
Florece
como la tierra
después del viento.
Entonces descubro
que escribir
es permanecer
junto a aquello
que desea revelarse.
No poseerlo.
No agotarlo.
Sólo cuidar
el instante
en que el mundo
respira
a través de nosotros,
hasta que
el silencio de la espiga
encuentra,
por fin,
su voz.
-
Autor:
José Honorio Martínez Ochoa (
Offline) - Publicado: 13 de julio de 2026 a las 22:49
- Categoría: Amor
- Lecturas: 6
- Usuarios favoritos de este poema: Mauro Enrique Lopez Z., Sheilo Sanz
- En colecciones: Poemas de amor.

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