I
Bella era la joven de mirada sombría,
que arrastraba el dolor como un manto de escarcha;
al cruzar por el mundo, con rabia decía:
—¡Maldigo al impío que emprende la marcha!
Odio al labio que jura y al alba desmiente,
al que deja una llaga que el tiempo no cierra.
Yo, santa de penas, con sed en la frente,
recibo veneno por darles mi tierra.
II
Mas no era su pecho de nieve homicida,
sino un viejo espejo que el odio empañó;
un alma en penumbra, de espectros herida,
que el eco del mundo por siempre rompió.
Y el llanto que alzaba cual grito en el viento,
llegó a las almenas de un noble guerrero,
que al ver su desdicha y su amargo tormento,
juró redimirla con fuego sincero.
III
—Te daré mi escudo, mi espada y mi pecho—,
le dijo besando su frente de hiel;
—seré tu madero, tu amparo y tu lecho,
y habré de adorarte venciendo la piel—.
Abrió las ventanas de un claustro de flores,
le ofreció el oasis de un hondo perdón,
pero ella, habitada por viejos dolores,
volvió su ternura fatal maldición.
IV
Cegada por sombras de antiguos engaños,
no supo mirar la piedad de aquel hombre;
le pagó con dagas, olvidos y daños,
y hundió en el fango la cruz de su nombre.
Y cuando él, herido, cayó entre las losas,
con la sangre abriéndole un surco de abril,
no alzó ni una queja, ni frases odiosas,
moría en silencio, magnánimo y sutil.
V
Mirándola fijo con ojos de aurora,
le dijo: —Te amo... mi muerte es por ti—.
Bendijo la mano que lo deshonora,
y un lirio de sombra en su pecho entreabrí.
Cerró las pestañas sin pedirle nada,
con un dulce aliento que el viento llevó,
y su alma, en la noche, quedó abandonada
como una azucena que el hielo quebró.
VI
¡Oh, místico arcángel de trágico loto!
¡Oh, santa que arrastra cadenas de sal!
Hoy vaga en la niebla con el pecho roto,
buscando la sombra del ser inmortal.
Y el viento le grita, y el eco le clama:
—¡Santa de las penas, qué tarde llorás!
Mataste al que amaba, y tu propia llama
se apaga en el frío que vos misma alzás—.
VII
Así, por los siglos, su queja desborda,
mujer que fue santa y verdugo a la par;
ante el Dios de los tristes su alma está sorda,
condenada al abismo de no saber amar.
Romance de sombras, de espinas y nieve,
un beso de fango, un adiós que desgarra...
Quien lea este canto, que el alma se le eleve,
y llore la herida que el pecho se garra.
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Autor:
Josephe, Denali, Dali. (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 13 de julio de 2026 a las 12:31
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 9
- Usuarios favoritos de este poema: Daniel Omar Cignacco, mirtasly, Nelly Cevallos - Liora, Carlosg, El desalmado, Mauro Enrique Lopez Z.

Offline)
Comentarios2
Que belleza! Cuanta sensibilidad en estos versos.
Fue un deleite leerlo
Gracias Poeta
Muchas ternura, pasión .
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