Noche de invierno

lucas ezequiel

Era una noche profunda, una en donde la luna estaba oculta y la nieve caía suavemente sobre las ramas de antiguos pinos que habían presenciado, quizás, historias de cientos de años atrás. Cada copo de nieve parecía divagar en el aire, indeciso de dónde sería el lugar más propicio para posarse con la suavidad de los pétalos de una rosa. Caían lentamente, acompañados de un sutil viento que parecía llegar desde tierras foráneas a descubrir la inmensidad de un bosque nocturno y callado.

 

Bajo el abrigo del cielo nocturno, un ciervo miraba los astros en busca de aquella gran luz que casi siempre lo acompañaba. Indagaba en las estrellas, pero no eran como la luna. Se sintió desamparado, perdido en la vastedad de la noche, su corazón se comprimía por los recuerdos de pasados sucesos en noches tan oscuras como esta.

 

Fue así como uno de los copos de nieve que se mecía en los hilos del destino cayó sobre los ojos cristalinos del ciervo. Este cerró sus párpados y suspiró, llenando el aire de vapor, para finalmente llorar.

 

Cayeron las lágrimas en silencio por sus mejillas, como el agua cae por las cascadas para finalmente quebrantar las piedras. Fluían como los pétalos de rosa en otoño y la lluvia de verano, o como la sangre de los hombres que se batieron en duelo en ese mismo lugar hace cientos de años. 

 

Cayeron en silencio y el viento se las llevó como si nunca hubieran existido. Solo el bosque las recuerda, porque él las resguarda más allá de la memoria del mismo ser humano. Nadie se acuerda de aquellos hijos que descansan en esos campos y que el viento se llevó sin que nadie sepa por qué.

 

Solo sé que, en la desolación de un bosque, en la quietud de la noche, entre pinos centenarios, un alma lloró y yo me quebré.

 



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