Decían que estaba loco.
No porque gritara, ni porque rompiera ventanas, ni porque caminara descalzo bajo la lluvia.
Decían que estaba loco porque escuchaba demasiado.
Escuchaba el cansancio de las sillas, la paciencia de los relojes, el miedo secreto de las puertas cuando alguien las cerraba para siempre.
Aseguraba que los objetos tenían memoria, que una taza rota recordaba las manos que la sostuvieron, que una casa abandonada seguía esperando a sus antiguos habitantes mucho después de que ellos olvidaran su dirección.
La gente sonreía con lástima.
Él sonreía con lástima de ellos.
Porque había descubierto algo incómodo: los hombres pasaban la vida construyendo muros y luego contrataban arquitectos para diseñar ventanas.
Una vez lo encontraron hablando con un árbol.
Le preguntaron qué podía decirle un árbol.
Él respondió: “Lo mismo que me dicen ustedes, pero sin mentir”.
Desde entonces dejaron de preguntarle cosas.
Era más fácil llamar extraño a un hombre que señalaba las grietas que aceptar que todos vivían dentro de una pared rota.
Con los años, nadie supo si estaba equivocado.
Pero cuando murió, todo quedó en silencio.
El viejo Juan se fue de pronto, y se llevó consigo su hermosa sonrisa, y aquellas bellas conversaciones que con él yo disfrutaba.
Se marchó el viejo sabio que me enseñó que la locura es solo una palabra que esconde la genialidad y la cordura.
Ya no se escucha su estruendosa carcajada y ahora muchos juran que inclusive las paredes parecen extrañarlo.
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Rafael Blanco López
Derechos reservados
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Autor:
Luis Rafael (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 13 de julio de 2026 a las 08:39
- Comentario del autor sobre el poema: Al viejo Juan, mi querido amigo. Quien ya comparte su genialidad en el infinito.
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 1

Offline)
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