Amanece.
El reloj apenas roza las siete de la mañana y la casa despierta vestida de vida. Las risas inocentes de los niños florecen por los pasillos, el televisor rompe el silencio con su murmullo cotidiano y el aroma del café abraza a quienes aún creen que los domingos nacieron para descansar.
Solo yo permanezco inmóvil.
Acostado, con la mirada clavada en un techo que ha sido testigo de todas mis derrotas, finjo despertar cuando, en realidad, jamás concilié el sueño.
La noche no fue una noche.
Fue un desierto interminable donde cada minuto pesó como un siglo. Mientras el mundo se refugiaba en el milagro del descanso, yo peregrinaba sin destino por los rincones de la casa. El patio conoció mis pasos cansados; la cocina escuchó el temblor de mi respiración; la sala contempló mi sombra cruzarla una y otra vez, como si buscara una puerta invisible capaz de conducirme lejos de mí mismo.
Pero no existe refugio para quien es perseguido desde el interior de su propia alma.
Los demonios no tienen rostro, y precisamente por eso son invencibles. Habitan mis pensamientos, respiran con mis pulmones, pronuncian mi nombre con una voz que solo yo puedo escuchar. Caminan a mi lado cuando todos duermen y, cuando el amanecer llega, siguen allí, esperando pacientemente que vuelva a derrumbarme.
No me permiten descansar.
No me permiten olvidar.
No me permiten vivir.
Solo quería una mañana cualquiera. Sentarme junto a mi madre sin esconder el cansancio que me consume. Escuchar a mis tíos, reír con mis primos, perderme en la inocencia de los niños y sentir, aunque fuera por un instante, que todavía pertenezco al mundo de los vivos.
Pero el infierno siempre llega primero.
Porque mientras la casa celebra la vida, dentro de mí se celebra un funeral que nunca termina.
Entonces hago lo único que he aprendido a hacer.
Me visto de alguien que ya no soy.
Me dibujo una sonrisa sobre el rostro como quien pinta flores sobre una tumba. Río para no preocupar a nadie. Hablo con una voz que no me pertenece. Abrazo mientras por dentro me desmorono piedra por piedra.
Nadie sospecha que llevo horas librando una guerra contra un enemigo que jamás duerme.
Nadie imagina que el mayor esfuerzo de mi existencia no es sobrevivir al día, sino convencer al mundo de que sigo vivo.
Porque mi prisión no está hecha de hierro.
Está construida con noches eternas, con insomnios que desgarran el alma, con pensamientos que muerden la esperanza hasta dejarla irreconocible. Sus muros no pueden tocarse, pero aprietan el pecho con la fuerza suficiente para impedir que el aire llegue completo a mis pulmones.
Y cada amanecer es simplemente el comienzo de otra sentencia.
Una condena sin delito.
Una cadena perpetua dictada por un verdugo invisible que no necesita llaves, porque aprendió a encerrarme dentro de mí mismo.
Y quizá ese sea el castigo más cruel de todos:
descubrir que el lugar del que más anhelo escapar… es precisamente el único del que jamás podré huir.
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Autor:
El escriba de la penumbra (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 12 de julio de 2026 a las 18:22
- Comentario del autor sobre el poema: Hay días en los que el sufrimiento no hace ruido. Se sienta a mi lado, respira conmigo y aprende a esconderse detrás de una apariencia tranquila. Este poema habla precisamente de ese silencio: del abismo que puede existir en una persona mientras, a su alrededor, la vida continúa con absoluta normalidad. Para muchos, un domingo es un día de descanso, de familia y de alegría. Para mí, durante mucho tiempo, ha sido la continuación de una noche que nunca terminó. Mientras los demás despiertan, yo llego agotado de haber sobrevivido a mis propios pensamientos. Escribir este poema fue enfrentar una contradicción que me acompaña todos los días: estar rodeado de personas que amo y, aun así, sentirme completamente solo dentro de mí. No porque me falte cariño, sino porque existen dolores que ninguna compañía puede silenciar. No escribo para inmortalizar mi tristeza. Escribo para que mi verdad no desaparezca detrás de una sonrisa aprendida. Cada palabra es una huella que demuestra que hubo una batalla librándose en mi interior, incluso cuando nadie alcanzó a verla. Quizá algún día estas líneas dejen de hablar de mi presente y se conviertan únicamente en el recuerdo de una etapa que logré atravesar. Pero mientras eso ocurre, este poema permanece como la prueba más sincera de mi existencia: la de un hombre que, aun caminando entre sus propias ruinas, nunca dejó de buscar una razón para seguir escribiendo.
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 6
- Usuarios favoritos de este poema: Antonio Pais, alicia perez hernandez

Offline)
Comentarios1
Escribir este poema fue enfrentar una contradicción que me acompaña todos los días: estar rodeado de personas que amo y, aun así, sentirme completamente solo dentro de mí. No porque me falte cariño, sino porque existen dolores que ninguna compañía puede silenciar. No escribo para inmortalizar mi tristeza. Escribo para que mi verdad no desaparezca detrás de una sonrisa aprendida. Cada palabra es una huella que demuestra que hubo una batalla librándose en mi interior, incluso cuando nadie alcanzó a verla. Quizá algún día estas líneas dejen de hablar de mi presente y se conviertan únicamente en el recuerdo de una etapa que logré atravesar. Pero mientras eso ocurre, este poema permanece como la prueba más sincera de mi existencia: la de un hombre que, aun caminando entre sus propias ruinas, nunca dejó de buscar una razón para seguir escribiendo.
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La soledad aparece cundo los hijos se van, cuando la casa se queda vacía, cuando los nietos crecen y dejan de visitarte, y lo que es peor es que la soledad se siente aun estando acompañado y sabiendo que tu familia te ama, la soledad es un enemigo silencioso y no te deja dormir te llena de recuerdos de desamor, te atormenta diciéndote que no te amaron, que nadie te quiso, que eras un vago, que no hiciste nada en vida, el silencio se vuelve un poco tu conciencia solo para atormentarte, lo peor que te puede pasar es que tengas insomnio eso no lo superas, ves, figuras en la pared, crees escuchar voces, ruidos en las puertas, en fin el insomnio es librar una batalla que hasta en la mañana te das cuenta que no dormiste, eso si me pasa seguido y me desgracia el día porque ando mal muy mal. Sigue escribiendo es sanador decirlo, tal vez un día como bien dices lo recordaras en pasado y ya te haya llegado la paz, habrá alguien que se identifique con lo que sientes y escribes, tal vez para alguien tu escrito lo ha ayudado. mis oraciones de apoyo. Un gran abrazo poeta
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