Gobernados por Mediocres

Luis Barreda Morán

Los países de Occidente gobernados por mediocres

No llegaron cabalgando sobre la grandeza,
ni traían la luz de los sabios.
Ascendieron sobre montañas de propaganda,
sobre el cansancio de los pueblos,
sobre la memoria convertida en mercancía.

Son reyes de cartón
con coronas hechas de encuestas,
emperadores del titular vacío,
mercaderes de promesas
que jamás pensaron cumplir.

Hablan sin conocer,
deciden sin comprender,
mandan sin escuchar.
Confunden el volumen de su voz
con la profundidad de sus ideas.

La mediocridad descubrió el secreto del poder:
no necesita convencer a los inteligentes;
le basta con seducir a los resignados,
alimentar el miedo de los inseguros
y ofrecer enemigos fáciles
para problemas que exigen pensamiento.

Occidente, cuna de filósofos,
de científicos, de artistas y soñadores,
contempla ahora cómo demasiados de sus timones
son entregados a navegantes
que jamás aprendieron a leer las estrellas.

Las bibliotecas se vacían,
mientras los eslóganes llenan las plazas.
El conocimiento pierde elecciones;
la ignorancia gana aplausos.
La mentira, repetida mil veces,
termina vistiéndose de verdad.

Cada discurso incendiario
es una chispa sobre un bosque reseco.
Cada verdad deformada
es un ladrillo menos
en el puente que une a los pueblos.

Los mediocres desconfían de quien estudia,
ridiculizan al que duda,
desprecian al que escucha
y temen, por encima de todo,
a quien piensa por sí mismo.

No gobiernan para construir el mañana;
gobiernan para sobrevivir al siguiente titular.
Cambian principios por encuestas,
justicia por conveniencia,
humanidad por cálculo electoral.

Pero el verdadero palacio donde habitan
no está hecho de mármol.
Está construido con cada ciudadano
que renuncia a informarse,
con cada conciencia que se vende,
con cada silencio que se vuelve costumbre.

No culpemos únicamente al gobernante.
También es responsable la multitud
que convierte la política en espectáculo,
la mentira en identidad,
y el fanatismo en virtud.

Porque ningún mediocre conquista una nación
sin millones de manos que lo eleven,
sin millones de voces que lo absuelvan,
sin millones de ojos
que decidan cerrar los párpados.

Y cuando la historia vuelva a preguntar
cómo civilizaciones enteras entregaron su destino
a quienes jamás estuvieron a la altura,
la respuesta será incómoda y sencilla:

No fue la inteligencia la que perdió el poder.

Fue la indiferencia la que lo entregó.

Y mientras los pueblos sigan confundiendo popularidad con excelencia, ignorancia con autenticidad y arrogancia con liderazgo, la mediocridad seguirá ocupando los palacios, pronunciando discursos solemnes sobre las ruinas de un mundo que ella misma ayudó a derrumbar.

—Luis Barreda/LAB

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