Nadie en aquella ciudad de costa recordaba cuándo empezó a encenderse la vela ni cuándo los labios del viento habían olvidado su nombre.
Cada anochecer, desde la ventana de la casa junto al acantilado, se veía un punto de luz que temblaba contra el viento y hacía rugir la noche. Algunos decían que era una promesa; otros, un gesto de locura. Los más obstinados, una prueba de amor sin retorno.
Ella sabía perfectamente de qué se trataba. Aquella llama tenía el tamaño justo de su fe, la medida exacta del nombre que no podía pronunciar. La encendía siempre a la misma hora, cuando el mar se volvía espejo de plata y el horizonte, con su sol menguando, parecía inclinarse levemente, como si el mundo contuviera la respiración.
Ese nombre le había herido la garganta como una espina olvidada hacía demasiado tiempo. Ninguna letra podía sostenerlo sin que algo se quebrara dentro. Su eco carcomía cimientos invisibles, derrumbando lentamente el orden íntimo de su mundo. Lo más parecido a pronunciarlo era escribirlo, aunque tampoco entonces comprendía del todo su efecto. Era como alejarse apenas del vacío que le ocupaba la boca.
Para apartarse aún más, lo escribía en la playa, al atardecer, hundiendo las palabras en la arena para que se curaran en sal y soledad. Cuando arañaba con los dedos de su voz la orilla, las sílabas se dispersaban con el pulso obstinado de las mareas, como peces huidizos que se negaban a ser atrapados en una red de ideas, arena y salitre.
Una noche, mientras el viento hinchaba las cortinas como un dios antiguo y el mar rugía con súbitas órbitas de cólera, creyó oír su voz pronunciando desde lejos la sílaba inicial: un roce de sonido, un temblor que evocaba la memoria del beso y del deseo. Sintió que la casa entera se inclinaba bajo el peso del recuerdo. Entonces comprendió que aquel nombre no pertenecía a ninguna lengua, sino al territorio donde las palabras fallan y solo quedan el pulso y, sobre todo, la memoria.
Encendió la vela sin rezos ni plegarias. La miró, y en esa mirada iban siglos de duelo y de amor. Solo el fuego, solo la cera: una y otra rindiéndose en silencio a los vestigios del pasado. Pensó que eso era escribir: darle contorno al abismo, detener un instante el derrumbe, delimitar su recuperación. Construir sobre las ruinas y el óxido. Salvar una emoción del oleaje del tiempo y de la herrumbre.
El viento sopló, y la llama se inclinó apenas; no para morir, sino para mirar más lejos, desde otro mundo, desde la habitación donde se guardaban los anaqueles de lo vivido. Entonces creyó ver, allá en la costa opuesta, otro resplandor: una luz mínima, respirando también contra la oscuridad.
Por primera vez en mucho tiempo no sintió el peso del silencio, sino su compañía.
Mientras la vela ardía, comprendió que quizá nunca volvería a pronunciar aquel nombre, pero tampoco volvería a olvidarlo. Que mientras existiera una chispa, por tenue que fuese, habría dos orillas buscándose en la noche.
Y esa certeza, frágil y encendida como el fuego, bastaba para mantener despierta la casa y el corazón del mundo, aun cuando en su linde acecharan las más densas tinieblas.
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Autor:
David Marín Castaño (
Offline) - Publicado: 12 de julio de 2026 a las 05:04
- Comentario del autor sobre el poema: Es un relato corto dentro del proyecto de novela en el que estoy trabajando.
- Categoría: Amor
- Lecturas: 7
- Usuarios favoritos de este poema: Ana Mozas García, cblanco53, Mauro Enrique Lopez Z.

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