Bajo la costra del suelo que el hombre pisa,
el bosque respira con un crujido sordo.
El bicho de bola se repliega en su invierno,
una cuenta de rosario gris
entre las raíces.
La hormiga arrastra un ala seca de avispa
hacia el fondo del túnel,
donde la tierra se vuelve
mandíbula.
Para el escarabajo que habita la corteza,
la caída de una hoja no es otoño:
es un párpado inmenso
que se cierra sobre el mundo.
La carcoma trabaja en la madera caída.
Escribe,
con serrín y silencio,
el único alfabeto
que jamás leerá la luz.
—Viene un temblor —susurra la larva desde el nudo—.
La costra se abre.
El suelo contiene el aliento.
Pero abajo,
en la oquedad sombría,
el ciervo volante afila sus pinzas
contra el humus,
indiferente
a la sombra que cruza por encima.
Arriba,
las ramas crujen como costillas.
Abajo,
todo el reino se hunde un palmo más,
esperando
que pase el gigante.
Al amanecer,
una procesión de hormigas
desmantela la oruga muerta.
Grano a grano.
Sin prisa.
Sin memoria.
Antonio Portillo Spínola ©
-
Autor:
Spinoport (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 11 de julio de 2026 a las 08:25
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 11
- Usuarios favoritos de este poema: Antonio Pais, Nelly Cevallos - Liora, Mª Pilar Luna Calvo

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