Crónica de una creación poética  

José Honorio Martínez Ochoa

Crónica de una creación poética

 

Quise avecinarme en el alba
con una abundancia crepuscular,
como si el inicio del día
pudiera contener también su derrumbe.

Quise robarme el olor del cielo
y humedecer la luz de tu mirada,
quedarme en el hastío del aroma
y en la lealtad silenciosa de una luz
que no se extingue aunque el mundo cambie de forma.

De tal manera que el amanecer me obsesione hasta el delirio,
que la claridad no sea descanso
sino expansión de la sensibilidad herida,
un aumento sutil de la intemperie interior.

Pasa la luz.
Vuela el perfume del crepúsculo.

Me asedian tus ojos:
aurora que engendra su propia máscara,
voz azul que cabalga
en la línea púrpura de una metafísica del resplandor,
como si el pensamiento tuviera temperatura
y respirara.

Me engendro en la emoción.
Sueños celestes,
perlas de polvo suspendidas en la caída del tiempo.

Hay un sueño plantado en la duración del mundo,
y en su sombra llueve
una ecuación de otoño
que nadie resuelve,
porque su sentido es precisamente disolverse.

Emigra el aire.
Recorre la tarde como un animal invisible.
Hablo de la piedra y de la brasa en el horno del lenguaje,
mientras la poesía se escarcha en el brazo del día
como si el fuego también supiera enfriarse.

Escribo versos empapados de flores,
no como ornamento,
sino como forma húmeda del pensamiento.

Se cristalizan con líneas geométricas
que el azar dibuja en la respiración del mundo.
Respiro en las hojas
el aire dulce de la floración de marzo,
como si el tiempo tuviera estaciones dentro del cuerpo.

Tengo la vocación del río
para empapar tu cuerpo sin nombrarlo,
para volverlo tránsito, corriente, memoria líquida.

Tu corazón aporta la ternura de un crepúsculo
que cabalga el horizonte
y lo hace germinar desde adentro,
como si la luz tuviera raíz.

En el rincón del pensamiento naces tú,
con la guitarra del verano en la mano del viento,
y encuentro el vuelo de los ahuehuetes
como si la tierra también aprendiera a elevarse.

Vengo a dejarte mi susurro,
a ceñir tu cintura de cereal,
a preservar la herencia de los libros
donde la luna se pule lentamente
en las páginas abiertas del cielo.

Sucede que quiero lavar la ternura
con las rachas del amanecer,
no para borrarla,
sino para volverla más transparente.

Escribir los episodios
de una crónica de creación poética
como quien registra el temblor del origen
sin pretender fijarlo.

Estoy tranquilo
sobre la línea azul del surrealismo,
pero esa tranquilidad no es reposo:
es deriva.

Me derramo en tus manos
con los ojos cerrados,
como si ver fuera innecesario
cuando el mundo ya ha sido sentido.

Mis manos construyen fraternidad
en la materia del aire.
Leo mi libro
con la cabeza apoyada en la nube de tu vientre,
donde el pensamiento deja de ser pensamiento
y se vuelve respiración compartida.

Busco el fruto del subsuelo
donde la ola lava los sueños,
y en ese fondo
todo vuelve a empezar sin repetirse.

Por un momento
se refleja el canto del poeta
y la realidad pierde su borde.

Imagino las raíces del trigo en el verso,
y comprendo que escribir poesía
es eso:
tocar la noche
hasta que la noche también escriba.

 

 

 

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