La ciudad no conoce sus nombres
La ciudad enciende sus luces
como quien intenta ocultar una herida.
Debajo de los puentes
duermen los hijos del viento,
con una piedra por almohada
y un sueño demasiado grande
para caber entre el concreto.
La luna baja cada noche
a mirarse en los charcos,
pero también se detiene
sobre los ojos abiertos
de quienes aprendieron demasiado pronto
que el hambre no espera al amanecer.
Hay niños
que conocen el idioma de los semáforos,
la paciencia de las aceras,
el frío de los cartones,
la generosidad incierta
de una moneda que cae
como si fuera una bendición.
Mientras tanto,
la ciudad sigue corriendo.
Los relojes nunca preguntan
por qué unas manos sostienen libros
y otras
extienden la palma.
Dicen que todo tiene un precio.
Que el éxito pesa más que la ternura.
Que el dinero abre puertas
que jamás conocerá la inocencia.
Pero ningún banco
ha podido comprar
la risa limpia de un niño
cuando todavía cree
que una estrella puede caer
para cumplir un deseo.
La noche los acuna
con canciones que nadie escribió.
El río recoge sus secretos,
y la luna,
incansable,
los guarda en el agua
para que el mundo
no olvide sus rostros.
Tal vez un día
la ciudad despierte de su propio ruido,
derribe las jaulas invisibles
y descubra
que una sociedad no se mide
por la altura de sus edificios,
sino por la forma
en que abraza
a los más pequeños.
Hasta entonces,
la luna seguirá caminando
sobre el agua,
como una lámpara silenciosa,
buscando a cada niño
que aún se atreve
a soñar con volar
aunque el cielo
parezca demasiado lejos.
—Luis Barreda/LAB
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Autor:
Luis Barreda Morán (
Offline) - Publicado: 10 de julio de 2026 a las 01:05
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 5

Offline)
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