La lluvia cae sobre el asfalto frío,
borrando las huellas de lo que fue un camino.
Las luces de la ciudad se difuminan en la niebla,
mientras el viento arrastra hojas secas y olvido.
Un banco vacío en la penumbra del parque
testifica el silencio que dejó tu partida.
No quedan ecos de risas, ni promesas rotas,
solo el peso gris de una tarde marchita.
Las horas transcurren como ríos de plomo,
densas, lentas, sin destino ni mar.
El reloj en la pared dicta su marcha implacable,
recordando que el tiempo no sabe esperar.
Mirar la ventana es contemplar el vacío,
un lienzo de sombras donde habitaba la luz.
Se apagan los faros, se duermen las calles,
y en el pecho se instala una vieja cruz.
Nadie reclama este dolor sin nombre,
que vaga en la noche como un barco fantasma.
Es el canto sordo de un alma que espera
la tregua imposible que devuelva la calma.
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Autor:
Máx (Seudónimo) (
Offline) - Publicado: 9 de julio de 2026 a las 10:50
- Categoría: Triste
- Lecturas: 5
- Usuarios favoritos de este poema: alicia perez hernandez, Antonio Pais, Osler Detourniel, Lualpri

Offline)
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