El rostro que ilumina la oscuridad  

José Honorio Martínez Ochoa

El rostro que ilumina la oscuridad

 

Recuerdo que te encontré con los ojos abiertos,
y tu rostro iluminaba la oscuridad
como si la noche hubiera aprendido a mirar.

Tus ojos, abiertos aún en el tiempo,
incansables,
no eran solo visión:
eran una forma de paz sostenida,
una claridad que no se agotaba.

Hablo de esos días
que dejaron huellas en la humedad transitoria del río,
como si el agua hubiera decidido recordar
lo que el cuerpo no puede retener.

Las horas, los días,
se diluían en la taza del café
como si el tiempo fuera una sustancia leve,
y en su fondo apareciera
la firma invisible del amor.

En mi pensamiento
persiste la claridad de tus ojos,
esa estrella fugaz que atraviesa el universo
sin destruirlo,
solo para dejar una marca de luz
en lo invisible.

La luz de tu cuerpo entra en mi pensamiento
y me hace feliz sin explicación,
como si la felicidad no necesitara causa,
sino presencia.

En la imagen sustancial se escribe el poema,
no como representación,
sino como revelación.

Hay un lecho de sueños
donde todo lo vivido descansa sin cerrarse.

Tus manos son sedimento de muchos sueños,
acumulación silenciosa de lo posible,
y tu tacto, tu aroma sideral,
amortiguan el tibio lecho de mi mar interior,
como si el agua aprendiera a ser hogar.

En aquellos días de verano
las tardes eran lluviosas,
y el mundo parecía inclinarse hacia adentro.

Caminaba por senderos estrechos
bajo enredaderas que sostenían la luz,
con una visión luminosa
como un pañuelo inmenso desplegado en el aire,
empavesado por una escena indecible
que el lenguaje apenas alcanzaba a rozar.

Caminaba bajo un verde absoluto,
como si el paisaje fuera un sueño indostánico
que respiraba conmigo.

Acariciaba las hojas
sin saber si tocaba la planta o el tiempo.
Los cerros se levantaban como aristas vivas
y me envolvía la lluvia
como una forma de pertenecer a lo inmenso.

Me amarraba al verde de la flor,
como quien se ata a lo que no puede perderse
sin perderse también.

De los espesos vegetales descendía el rocío,
y en el monte se elevaba un silencio en llamas,
no de fuego destructivo,
sino de intensidad suspendida.

En esa imagen
los tapices de luna se desplegaban lentamente,
como si la noche bordara el mundo
con una paciencia vegetal.

Y todo lo vivido entonces
no era recuerdo,
sino una forma persistente de claridad
que todavía respira
en lo que ahora escribo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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