Alegoría al Descanso

Javier O Ojeda

 

El Descanso era un viejo jardinero de manos serenas y mirada luminosa. No sembraba flores en los campos, sino sosiego en los corazones. Caminaba descalzo al caer la tarde, llevando sobre sus hombros un manto tejido con silencio, brisa y estrellas.

Donde encontraba un alma agotada, no pronunciaba grandes discursos. Simplemente la invitaba a sentarse bajo el Árbol de la Quietud. Entonces el viento se volvía melodía, las preocupaciones caían como hojas secas y los pensamientos recuperaban el color que la prisa les había robado.

La Noche, su fiel compañera, encendía una a una las lámparas del cielo. La Luna velaba el sueño de los caminantes, mientras los sueños, convertidos en pequeñas aves de luz, anidaban en sus almohadas para recordarles que el mañana siempre merece una nueva oportunidad.

Al amanecer, el Descanso desaparecía sin pedir gratitud. Solo dejaba un regalo invisible: una voluntad renovada, una esperanza más firme y un corazón dispuesto a comenzar otra vez.

Así comprendieron los hombres que el descanso no era un lujo ni una pérdida de tiempo. Era el puente que une el esfuerzo con la plenitud, el río donde las fuerzas vuelven a nacer y el jardín secreto donde el alma florece para seguir su camino con alegría y paz.

 

  • Autor: Javier O Ojeda (Seudónimo) (Offline Offline)
  • Publicado: 8 de julio de 2026 a las 13:53
  • Categoría: Sin clasificar
  • Lecturas: 4
  • Usuarios favoritos de este poema: Mauro Enrique Lopez Z.


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