La silueta del tiempo
Porque después de varios años he vuelto a estos campos floridos,
y mi juventud se ha quedado olvidada en los bolsillos del alba,
como una moneda que ya no puede comprarse a sí misma,
solo la silueta del tiempo me llama
junto a la memoria viva de mis amigos.
Porque ahora escucho la voz
provista de pasos reflexivos,
un revuelo de oratoria que no es discurso sino viento,
una bandera que se agita
con el apetito simultáneo de la tierra y del aire,
como si el mundo aún estuviera aprendiendo a nombrarse.
Hoy percibo la mañana oceánica,
la nube que viaja hacia el mar
con un deseo antiguo, casi polinésico,
entre palmeras irónicas
que sostienen su quietud como si fueran pensamiento.
La anatomía del paisaje se reseca y resplandece al mismo tiempo,
y el murmullo del sol aparece
con los dientes feroces de un leopardo luminoso
que atraviesa la vegetación del día.
He venido aquí con mis deseos,
con lo poco que el tiempo no logró dispersar,
para llevarme entre las manos
los labios de la tarde.
Quiero estremecerme en la memoria de la costa,
volver a ser ola sin distancia,
envolverme en la respiración del mar
y acudir con una sonrisa
a iluminar el cielo precipitado en su propio abismo de agua.
Centellea tu cuerpo en la noche sideral,
como si la materia hubiera aprendido a cantar.
El mar se despliega con su pulso secreto
y el horizonte se pule
con extensiones lentas de luna,
como si la noche trabajara el brillo del mundo
con manos invisibles.
Las estrellas se descuelgan
y se enroscan en los tejados de las casas,
convirtiendo la ciudad en un incendio de dulzura plena,
una combustión suave del asombro.
Sobre los techos
los hombres se agazapan
y recogen la energía sonora del universo,
como si escuchar fuera una forma de sobrevivir a la belleza.
Una niña sumerge sus pies
en un charco de nostalgia líquida,
donde los colores se combinan
con el esplendor imposible de los mangos,
como si la fruta recordara su origen celeste.
El viento irrumpe
con su trompeta de nubes.
Y entonces comprendemos:
amar no es un gesto,
sino una forma de orientación del alma,
una remonta avenida del corazón
donde los labios se broncean de infinito
y la sonrisa se vuelve arquitectura del mundo.
Es abrir la puerta del cielo nocturno
al vasto silencio que lo sostiene.
Escribir en los muros del asombro
no como súbditos del lenguaje,
sino como exploradores de su temblor.
Debo cruzar la aldea de tu pecho,
no como quien conquista,
sino como quien reconoce su única geografía posible.
Pintar la arquitectura de tus facciones
en los vidrios extraños de la luz,
hasta que el mundo entero
se vuelva un cesto nocturno
donde la vegetación del sueño
respira sin fin.
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Autor:
José Honorio Martínez Ochoa (
Offline) - Publicado: 8 de julio de 2026 a las 10:07
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 4
- Usuarios favoritos de este poema: Daniel Omar Cignacco, Mauro Enrique Lopez Z.
- En colecciones: Poemas de amor.

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