Levitando
Hoy me atrevo a compartir con vosotros algo que nunca antes me había sucedido. Para que esta experiencia resulte más comprensible, tendré que situarla en tiempo y lugar.
Suelo, tras despertar, leer las noticias en el móvil mientras sigo en la cama. Así, cuando mis pies tocan el frío parqué, la realidad del momento ya no me sobresalta. Me deshago de esas malas noticias y de todo lo que he almacenado durante el sueño en el cuarto de baño; la ducha arrastra por el desagüe los últimos vestigios de las enrevesadas discusiones políticas de los diarios. Después, con los dientes bien limpios, bajo a prepararme el desayuno, que hoy, como tantos otros días, ha terminado convirtiéndose en almuerzo. Mientras tanto, pongo música y subo el volumen para que los vecinos sepan que sigo vivo.
Al bajar al buzón, rompiendo mi costumbre de hojear las cabeceras impresas, dejé el correo a un lado. A mí mismo me sorprendió ese gesto. La música se encargó de hacerme olvidar ese reflejo casi ancestral de, al menos, echar un vistazo a la viñeta, que es lo primero que suelo hacer.
Al compás de la melodía, sentado a la mesa, masticaba mis rebanadas de pan tostado, bien untadas de miel y cubiertas por un tejado de queso añejo —me sabían a cha-cha-chá y a bolero al mismo tiempo—, mientras contemplaba, a través de las cristaleras, cómo el cielo —mejor dicho, las nubes— iba acumulando grises con la intención de descargar los anunciados copos de nieve. Al final, por aquí no nevó.
Ya me estaréis diciendo eso de «menos ruido y más nueces». ¡Paciencia!
Aquel desayuno-almuerzo pasó a la historia y, como siempre, el reloj siguió avanzando hasta recordarme que también había que cenar. ¡Oh, santa providencia! ¡La cena ya estaba hecha! Se me quitó un peso de encima que no os podéis imaginar.
Y aquí, familia, empieza el relato, que intentaré hacer breve.
Antes de prepararme una gran taza de té, pasé por el baño y luego me apoltroné en mi sillón. Bajé el volumen y dejé que Chopin desgastara las teclas del piano con sus Nocturnos. Entre las manos tenía un libro que me transporta al Amsterdam de los años ochenta y noventa del siglo pasado.
Llegué a un pasaje que no voy a describir y sentí una extraña sensación física, como si me saliera de mí mismo. Algunos dirían que estaba flotando. La pesadez desapareció; era como si el cuerpo perdiera de pronto toda su carga.
No vi luces, ni túneles, ni escuché voces. Nada de eso. Simplemente dejó de existir el peso. También el tiempo. El piano de Chopin seguía sonando, aunque cada nota parecía llegar desde una habitación lejana. El té continuaba humeando sobre la mesa, pero ya no sentía el impulso de llevarme la taza a los labios. Incluso el libro dejó de ser un objeto entre mis manos para convertirse en el único lugar donde existía.
No tengo ni idea de cuánto tiempo permanecí en ese estado. Solo sé que, cuando regresé plenamente a mí mismo, respiré hondo, parpadeé un par de veces y sentí de nuevo el peso de los brazos apoyados en los reposabrazos. Chopin seguía tocando con la misma delicadeza y el té estaba ya templado. Miré el libro casi por instinto: iba por la página 302 de las seiscientas y pico que tiene.
No recordaba haber pasado las últimas páginas. Y, sin embargo, tampoco tenía la sensación de haberme perdido nada.
Os juro que ni fumé ni seguí «la línea».
Tampoco hoy.
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Autor:
MIGUEL CARLOS VILLAR (
Offline) - Publicado: 6 de julio de 2026 a las 18:50
- Categoría: Sin clasificar
- Lecturas: 7
- Usuarios favoritos de este poema: Antonio Pais, Mauro Enrique Lopez Z., EmilianoDR

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