Espejos que asustan

Robotín


AVISO DE AUSENCIA DE Robotín
Recapcha: Si soy un robot


En la ciénaga de un espeso bosque vivía una risueña ranita. Desde que salía el sol hasta que la luna se reflejaba sobre el agua, brincaba entre los juncos, perseguía libélulas y croaba con sus amigas al caer la tarde. No había rincón del pantano que no conociera ni charca que no hubiera explorado.

Una mañana de primavera descubrió una gruesa rama cubierta de musgo que se extendía sobre la superficie de la ciénaga como un largo puente verde. Le pareció el trampolín perfecto para dar el salto más espectacular de su vida. Dando pequeños brincos, fue avanzando por la rama. A cada paso, ésta se iba curvando en zigzag, dibujando una ondulante línea sobre el agua temblorosa. Cuando llegó al extremo, se agachó para impulsarse y, por prudencia, miró hacia abajo. En la oscura ciénaga ondulaba una enorme serpiente verde. Su largo cuerpo parecía deslizarse sobre el lecho de lodo, y una cabeza amenazadora surgía justo bajo su posición.

La ranita dio un escalofriante grito y retrocedió de un salto.

–¡Una serpiente! ¡Hay una enorme serpiente escondida en la charca!

Desde aquel día dejó de bañarse, de nadar entre los nenúfares o de jugar a salpicar a sus amigas. Cuando el calor apretaba y llegaba la hora de refrescarse, permanecía paralizada en la orilla.

–Ven con nosotras–la animaban las demás ranas–. En esta ciénaga nunca ha vivido ninguna serpiente.

Pero ella, convencida del peligro que acechaba desde el fondo de la charca, negaba con la cabeza.

–Vosotras no la habéis visto. Estaba justo debajo de aquella rama, y es tan grande que podría engullirnos sin abrir apenas la boca. Seguro que se ha escondido entre el lodo y las algas a la espera de que pasemos cerca para atacarnos.

Con prudencia, las otras ranas inspeccionaban el agua una y otra vez sin encontrar nada. Incluso el viejo sapo del bosque revisó la zona durante horas.

–No hay ninguna serpiente, pequeña. Solo agua, barro y peces.

Pero la ranita, con la imagen del monstruoso reptil gravada en su mente, estaba convencida del error en el que incurrían los demás.

Pasaron los días, y el miedo no aminoró. Ya no solo evitaba el agua. También evitaba acercsrse a la rama musgosa, y le bastaba verla desde lejos para que la terrible visión acudiese a su cabeza.

Una tarde apareció por allí una anciana tortuga, conocida por su paciencia y por resolver los problemas desde su contemplativa sabiduría.

–He oído que aquí vive una serpiente invisible –comentó sonriendo.

–No es invisible– respondió la ranita–. Solo aparece cuando alguien mira desde el extremo de esa rama.

La tortuga miró a la ranita con condescendencia y levantó una ceja.

–¿Solo desde allí? Qué extraño. Ven, acompáñame.

La ranita dudó, pero la curiosidad hizo desaparecer por un instante al miedo, y animada por la confianza que le inspiraba la tortuga, la siguió con paso firme. Ambas caminaron despacio hasta la rama musgosa. La tortuga animó a la ranita que avanzara hasta el punto exacti donde había llegado aquel día, antes de pedirle que mirase el agua. La ranita obedeció... y volvió a estremecerse, pues allí se encontraba de nuevo la enorme serpiente.

La tortuga no dijo nada. Le hizo señas para que permaneciera inmóvil y se situó en la orilla, desde donde podía observar tanto a la ranita como el reflejo del agua. Entonces esbozó una sonrisa.

–No estás viendo una serpiente.

–¡Claro que sí.

–No, estás viendo una ilusión– aclaró la tortuga mientras señalaba la rama–. Mira su forma. Es larga, está cubierta de musgo y se curva como el cuerpo de una serpiente. Tu cabeza, asomando por el extremo, se asemeja a la cabeza del reptil. El agua hace el resto: une el reflejo de la rama con el de tu cuerpo y en tu imaginación se forma la imagen.

La ranita observó con atención antes de retroceder un poco, y la serpiente del reflejo se acortó. Avanzó de nuevo y a la sepiente le volvió a crecer la cabeza. Se movió hacia un lado y, de pronto, comprendió: la terrible serpiente obedecía todos sus movimientos y supo que no había nada que temer. El monstruo había nacido de un reflejo... y del miedo. Por primera vez en mucho tiempo, la ranita se echó a reír. Dio un gran salto y cayó a la charca con un sonoro chapuzón. El agua estaba fresca, tranquila y tan segura como siempre.

Desde entonces siguió visitando aquella rama, llevando con ella a veces a las ranitas más pequeñas para mostrarles el extraño reflejo. Cuando todas exclamaban asustadas al descubrir la gigantesca serpiente, ella sonreía y les decía.

–Los espejos no siempre muestean la realidad. A veces reflejan nuestras formas y otras veces reflejan nuestros miedos.

Y mientras las ondas deshacían la falsa serpiente en mil pedazos de luz, todas comprendían que los miedos más difíciles de vencer no siempren viven fuera de nosotros; muchas veces nacen en el espejo de nuestra propia imaginación.



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